¿Si la Torah es relevante para el conflicto palestino-israelí, por qué no lo puede ser también el Corán?

Publicado el Por Alastair Sloan (author), Monitor de Oriente (author)

La familia de un manifestante palestino de 18 años asesinado por el ejército israelí protesta por su muerte, en Gaza, el 10 de septiembre de 2016
La familia de un manifestante palestino de 18 años asesinado por el ejército israelí protesta por su muerte, en Gaza, el 10 de septiembre de 2016

 

¿Qué es tan especial en la cuestión de Israel y Palestina? La respuesta, si eres un seguidor de las políticas de seguridad agresivas del Likud (el partido derechista israelí), y la disolución lenta y dolorosa de un futuro estado palestino, es nada en absoluto y todo a la vez. Esta es una de las desconcertantes ambigüedades de las posturas de este tipo de personas, por lo que si estás confuso, no temas.

Reforzar la idea de que el de Israel y Palestina es un conflicto especial es algo propio del lado pro israelí. Ellos usan expresiones como “Israel es el único Estado judío del mundo”, “Israel es un oasis de esperanza en Oriente Medio”, o “Israel es la única democracia de la región”, y entonces esperan que nadie en Occidente tenga un especial interés en lo que allí sucede, o haga críticas sobre lo única y extraordinaria que es la situación que –como habrás adivinado- los propios activistas pro-Israel insisten en que es única y extraordinaria. Al mismo tiempo, el pelotón purista del “nuevo antisemitismo” complementa esto argumentando que toda crítica a Israel es antisemita per se. Estos extremistas se quejan de que los activistas occidentales pro-derechos humanos se centran demasiado en Palestina y que la única razón de ello es que Israel es el único Estado judío del mundo y por lo tanto, las críticas a Israel son ardientemente antisemitas. Ya intenté rebatir estos argumentos recientemente: la izquierda occidental tiene muchos más intereses que la cuestión de Israel y Palestina, y los movimientos izquierdistas fuera de Gran Bretaña y de EE.UU. están centrados también en otros conflictos territoriales.

Hace pocos meses, tuve un interesante encuentro con un declarado sionista radical. Se trataba de un tipo sorprendentemente franco en este asunto, además de un inteligente periodista con una buena gama de ideas. Además, estaba abiertamente feliz de poder compartir sus puntos de vista. En referencia a la Nakba de 1948 (en árabe, el “Desastre”) y la subsiguiente aparición de la crisis de refugiados palestinos, él me dijo: “Las expulsiones que se llevaron a cabo, si bien desagradables, fueron menos malas que las infringidas a hindúes y musulmanes durante la participación de India”. Esto es objetivamente cierto. Él me dio otros ejemplos:

“Iguales fueron las expulsiones infringidas a los alemanes étnicos en el marco del Acuerdo de Potsdam en la misma época, o el intercambio de población turco-griego de los años veinte. Ya nadie pone en duda alguna de estas expulsiones o busca revertirlas. Las víctimas han sido reubicadas y no se han convertido en refugiados apátridas hereditarios. ¿Por qué esta excepción con los palestinos?”. De nuevo el mismo argumento: “¿Qué es tan especial en la cuestión de Israel-Palestina?”

El problema es que el conflicto palestino-israelí es especial porque posee una dimensión religiosa, mientras muchos de estos contra-ejemplos no. La única excepción que se me ocurre es la ocupación del Tíbet por parte de China, donde la elección del próximo Dalai Lama puede que nunca suceda. Una tragedia exasperante para una gran nación y una religión aún mayor. Ciertamente, los activistas occidentales deberían poner mayor atención en la cuestión del Tíbet, pero por alguna razón, no sucede así. En cualquier caso, los tibetanos fueron ocupados, no desplazados. Los territorios disputados a partir de la partición de la India no atendieron a los territorios en función de su religión, aunque obviamente había un factor religioso en la división del país. La expulsión de los alemanes étnicos fue no solo aprobada, o al menos no contó con la oposición de la mayor parte de los países interesados, sino que a diferencia de la Nakba, fue hecha contra una Alemania que había infringido daños indecibles a sus vecinos, y además, se llevó a cabo de forma pacífica. No contenía elementos religiosos. El intercambio greco-turco de 1923 fue mayoritariamente de tipo etno-nacional, con un leve matiz religioso pero que, al igual que la partición de India, no atendía a criterios específicos de según qué lugares religiosos. El conflicto palestino-israelí es especial, pues, porque es una disputa que está intrínsecamente unida no sólo a lugares que son de gran significado para los musulmanes, sino al propio sitio donde, según la creencia, su Profeta ascendió a los cielos durante el conocido como “Viaje Nocturno”.

De alguna manera, y trágicamente, el lado pro-palestino ha ido perdiendo este aspecto del debate en ganancia de los “religionistas” del otro lado. Cuántas veces habremos escuchado en Occidente que el pueblo judío tiene derecho a una “Tierra Prometida” inspirada en la Torah, y sin embargo, cuándo hemos escuchado algo acerca de que el profeta Muhammad fuera “enviado de noche desde la Mezquita Sagrada (en La Meca) hasta la Mezquita de Al-Aqsa (en Jerusalén), cuyo emplazamiento Hemos bendecido” como viene recogido en el Corán? Si la demanda sobre la relevancia del mandato de la Torah es considerada válida, por qué la relevancia del Corán no es igualmente válida? Está Occidente tomando partido por cuál de los textos religiosos es más sagrado y aceptable?

¿Con cuánta frecuencia escuchamos argumentos en defensa del sionismo por parte de cristianos evangélicos, citando el Libro de las Revelaciones, los Evangelios y otras partes de la Biblia, y en comparación, ¿cuántas veces hemos escuchado hablar de los Compañeros del Profeta que están enterrados en Jerusalén y sus alrededores o la condición de habitantes de Jerusalén de profetas del islam como Abraham, Moisés, David, Salomón o Jesús? Cuando la mezquita de Al-Aqsa es constantemente profanada por colonos israelíes, bajo el patrocinio y las desesperadas excusas del establishment político y mediático israelí, la respuesta de los comentaristas occidentales nunca habla de ultraje. Los colonos judíos invadieron el preciso lugar donde la ascensión a los cielos del Profeta Muhammad tuvo lugar, pero esto es raramente conocido, y menos criticado en Occidente, pero si los activistas llenan el Muro Occidental de grafitis pro-Palestina, seguramente será exageradamente anunciado en Occidente como un ataque perpetrado por yihadistas del tipo más extremo.

El problema subyacente aquí es a tan simple como irónico. Hay algo extremadamente especial sobre Israel y Palestina que lo hace sustancialmente diferente del resto de conflictos territoriales que puedan parecer superficialmente similares. No se trata de una simple disputa territorial, es también una cuestión religiosa, y no uno sobre el que cristianos y judíos puedan reclamar el monopolio. Los musulmanes tienen tanto derecho religioso a Jerusalén, habida cuenta de sus textos sagrados, como también lo tienen judíos y cristianos dados sus propios libros sagrados.

La ironía es que actualmente el enfoque más popular sobre el terreno para abordar el conflicto es el islamismo, una ideología político-religiosa no muy diferente del sionismo en su estructura intelectual, si bien obviamente no en su práctica. Se podría esperar que el ascenso de Hamás, que hace valer a nivel local y regional su derecho religioso a, al menos, el dominio de una parte de Jerusalén, podría haber producido un ascenso de la simpatía occidental hacia los derechos religiosos del islam en Palestina, incluyendo el derecho a Jerusalén. Por supuesto, no ha sido así: la lucha contra el terrorismo ha frenado por completo las simpatías por este enfoque. Cualquier musulmán reclamando cualquier derecho religioso por cualquier cosa es automáticamente asociado –ya sea por ignorancia, intolerancia o ingenuidad- con las ramas más extremistas del islam político, véase Al-Qaeda o Daesh. Estas acusaciones son dirigidas a cualquier activista de fe musulmana inspirado en elementos religiosos, incluso si están haciendo demandas basadas en el texto coránico que datan de varios siglos antes de la aparición del islam político. Pareciera así que si bien el conflicto palestino-israelí se ha “islamizado”, reduciéndose las reivindicaciones de tipo nacionalista y marxista, la retórica del movimiento pro-palestino ha dado un paso atrás en lo que a argumentos religiosos se refiere.

Quizás esta reticencia a usar una retórica religiosa y su reemplazo por argumentos nacionalistas influidos por la terminología occidental de los derechos humanos se deba  no solo a la oposición de los neoconservadores y liberales de cualquier tipo de islamismo, y al propio islam conservador, sino porque la principal base de apoyo para Palestina en Occidente actualmente son simpáticos izquierdistas, que por lo general rechazan la religión. Si tus enemigos dicen que citar el Corán es violento, y tus amigos que confiar en el Corán no es muy moderno, no resulta sorprendente que escuchemos hablar mucho de religión a un lado, los sectores pro-israelíes y judíos, y muy poco por parte de los pro-palestinos y musulmanes. Es a la izquierda pro-palestina a quien se echa en falta en este sentido.

Una observación final podría ser que no es aceptable por más tiempo que los activistas pro-israelíes reclamen el monopolio religioso de Jerusalén. Si este aspecto del conflicto puede ser reclamado por los palestinos, también debe acompañarse de combatir el argumento de que “no hay nada especial” en el conflicto palestino-israelí. Es, en efecto, un lugar muy especial, un conflicto muy especial, incomparable con ninguno otro y de primera importancia para el mundo musulmán, Occidente, y al menos las tres grandes religiones abrahámicas. Si eres un ateo pro-palestino (como yo) no debes olvidar la religión: es el primer factor de porqué estamos todos aquí.

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