La condición árabe y la perseverancia palestina en Jerusalén

Publicado el Por Abdul Samad Bin Sharif (author)

Un señor palestino reza en la mezquita de Al Aqsa el primer viernes después de que Israel levantara las restricciones de acceso, el 4 de Agosto de 2016  (fotografía: AA)
Un señor palestino reza en la mezquita de Al Aqsa el primer viernes después de que Israel levantara las restricciones de acceso, el 4 de Agosto de 2016 (fotografía: AA)

 

Es difícil convencer a las naciones árabes de la utilidad de la Liga de Estados Árabes, con toda su infraestructura e instituciones. Es débil e inerte frente a las tormentas, temblores y crisis de la región, incapaz de tomar una decisión efectiva o iniciativas que puedan limitar la crisis o compatibilizar los puntos de vista de las partes enfrentadas.

Desde el establecimiento de la Liga Árabe, ésta ha operado con una lógica institucional tradicional y una mentalidad que carece de realismo y pragmatismo político. En lugar de desarrollar su forma de trabajar y pensar para adaptar sus funciones a las transformaciones y cambios de la región y del mundo, continúa aferrándose a enfoques que se ajustan a las preferencias de los regímenes gobernantes. Está sujeta a equilibrios de poder, que deben ser las referencias y herramientas utilizadas para asegurar un nivel mínimo de armonía y consenso, a expensas de los grandes intereses estratégicos de las sociedades árabes y las prioridades vitales que estas sociedades consideran esenciales y cruciales.

Cuando las instituciones envejecen y se vuelven rígidas, convirtiéndose en meras construcciones sin espíritu ni funciones claras y concretas, se encaminan a su muerte y eventual desaparición. Nadie cree que sean capaces de jugar un papel importante en esas condiciones, ni de responder a las necesidades o de interactuar con un conflicto.

Lo que sucede en Jerusalén, especialmente en la mezquita de Al-Aqsa, es un gran desafío para la Liga Árabe. En las muchas crisis, ataques y planes israelíes para cambiar el estatus histórico y acabar con el simbolismo de la mezquita y de su santidad, la Liga Árabe debería haber intervenido por todos los medios posibles y haber establecido una estrategia diplomática clara, a nivel tanto regional como internacional, de acuerdo a una agenda y a unos objetivos específicos. Sin embargo, la Liga Árabe, como es habitual, destaca en la retórica y se especializa en redactar declaraciones de denuncia y condena cargadas de lenguaje que, a primera vista, parece prometedor y amenazador, pero, en realidad, está sometido y subordinado. Israel es muy consciente de la importancia real de la Liga de Estados Árabes y de sus discursos. Es muy consciente de los límites de la acción árabe, que no pasan de la capacidad de escoger palabras diseñadas para aliviar la ira del pueblo árabe. ¿Puede hacer algo una declaración escrita en un lenguaje tenso y con referencias a la historia, geografía y símbolos sagrados, así como a las resoluciones y responsabilidades de la ONU y a las prácticas moral, política e históricamente inaceptables para evitar que las autoridades de ocupación israelíes dejen de llevar a cabo sus violentas prácticas?

Está todo bastante claro. Israel no habría decidido instalar puertas electrónicas para registrar a los fieles que entran a la mezquita de Al-Aqsa si no hubiese sabido que el mundo árabe está en un estado de fragmentación y crisis total que favorece a los intereses israelíes. No habría tomado esta medida si la unidad palestina no hubiese sido destruida y si las relaciones árabes no estuvieran desgastadas. Los intercambios entre países árabes están llenos de odio, amargura y acusaciones de traición, especialmente a falta de instituciones ejecutivas y legislativas elegidas democráticamente y basadas en la legitimidad popular, que operen de acuerdo a los sistemas legales y constitucionales que aseguran la separación de poderes, definen los papeles de las instituciones y garantizan la libertad y el respeto a los derechos humanos.

Al-Quds Al-Sharif (el nombre del Monte del Templo en árabe) guarda un lugar especial en la imaginación de árabes y musulmanes. Saben que es la primera de las dos direcciones de la oración, la tercera mezquita más sagrada desde la que el Profeta comenzó el Israa wa Miraaj (la ascensión a Dios), la ciudad de los profetas y la tolerancia, llena de símbolos históricos y religiosos, y que Israel intenta controlar al afirmar que la ciudad es parte de su historia, historia que se ajusta a sus propios intereses y a su interpretación del conflicto con Palestina. Sin embargo, la creencia en el valor de Jerusalén y de la mezquita de Al-Aqsa y su simbolismo no es suficiente para saciar las ambiciones de las autoridades de ocupación, ni tampoco para evitar que sueñen con la anexión de Jerusalén este y con borrar su identidad árabe.

Cada vez que Israel ha emprendido una estrategia aventurada y no calculada, como la instalación de controles electrónicos para determinar las intenciones de los habitantes de Jerusalén y otros fieles de las zonas vecinas, los países árabes e islámicos se enfrentan a un gran desafío que requiere que tomen una posición decidida y franca. El gobierno derechista de Israel, presidido por Benjamin Netanyahu, pretende frustrar cualquier intento o iniciativa para resolver el problema palestino. En cuanto se notan signos de que pueda revivir el proceso de paz entre palestinos e israelíes, el gobierno provoca tensiones deliberadas y crea condiciones tensas para impedir cualquier progreso hacia un acuerdo justo y equitativo, truncando incluso los esfuerzos de su aliado estratégico, Estados Unidos.

Existe una oportunidad histórica para las facciones palestinas, especialmente Fatah y Hamas, para superar las barreras psicológicas y mentales y acabar con un conflicto absurdo sin valor histórico, político o estratégico. La coalición de gobierno de derechas, dirigido por Netanyahu, vive un estado de confusión e incertidumbre. Según el reputado periódico francés Le Monde, la instalación de puertas electrónicas fue una decisión personal de Netanyahu con la que estuvieron en contra sus servicios de inteligencia y su ejército. Por otra parte, sus servicios de seguridad apoyaron la decisión, que buscaba apaciguar a las facciones más duras de la coalición de Netanyahu, que tiende a seguir una política más severa contra los palestinos.

El gobierno israelí tiende a subestimar la ira palestina, bajo la ilusión de que el deterioro de la situación en el mundo árabe le permitirá implementar sus planes. Sin embargo, ha juzgado mal la situación; no ha podido predecir la ira de los palestinos y, en particular, de los de Jerusalén, en respuesta a cualquier profanación de la mezquita de Al-Aqsa. El problema no es sólo una cuestión religiosa, sino que también está relacionado con la identidad, ya que Jerusalén simboliza en lugar en el que los palestinos sienten que pueden gozar de soberanía. Por lo tanto, en este caso, el elemento de simbolismo político es más importante que el sentimiento religioso.

Hay que añadir la crisis provocada por las autoridades israelíes con Jordania cuando un oficial de seguridad de la embajada israelí en Amman asesinó a varios ciudadanos jordanos, ignorando por completo los acuerdos y los sentimientos del pueblo jordano, en cuyo suelo se llevó a cabo la masacre. Si esto hubiese sucedido en Tel Aviv, habría provocado un terremoto en Israel. Por lo tanto, Netanyahu se vio en medio de un dilema, apresurándose a tranquilizar al rey Abdullah y a calmar la situación en Jerusalén.

Como resultado de esta sucesión de errores, el gobierno israelí se enfrenta a la ira del pueblo palestino, a falta de un interlocutor o una autoridad intermediaria capaz de apaciguar la tensión. Según una encuesta de opinión realizada por el Canal 2 de Israel el 25 de julio de 2017, el 77% de los israelíes consideran la decisión de cancelar la instalación de puertas electrónicas en la mezquita de Al-Aqsa como una derrota de su gobierno y una victoria de los manifestantes palestinos.

Lo que se requiere de los palestinos y de los países árabes e islámicos es que exploten estos errores y los conviertan en una fuente de fuerza y presión para hacer ver a las autoridades israelíes que lo que consideran una oportunidad para violar los derechos históricos del pueblo palestino tras la caída de varios regímenes árabes y de países enteros es una falta de juicio. La voluntad y la firmeza del pueblo palestino y su fe en la justicia y en su causa son factores clave que determinarán el futuro y que podrán cambiar el equilibrio de poder.  

 

 

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