La peregrinación a La Meca de 2017 culmina sin incidentes, pero queda demostrado que los rohingya no tienen importancia en Arabia Saudí

Publicado el Por Iqbal Jassat (author)

Crece la ira popular ante la masacre de los rohinga de Myanmar
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Sin duda, la Casa de Saud estará muy satisfecha con que la peregrinación a La Meca de 2017 haya concluido sin ningún contratiempo notable. De hecho, se daría unas palmaditas cínicas a la espalda dado que, además de una peregrinación fluida y sin incidentes, su enorme equipo de burócratas – incluidas las fuerzas de inteligencia y de seguridad – aseguraron que la compartimentación de la peregrinación fuera algo puramente espiritual-religioso, sin meterse en “otras” áreas, refiriéndose con “otras” a la política.

En las últimas cuatro décadas, especialmente tras la Revolución Islámica de Irán en 1979 que expulsó al Shah del poder, Arabia Saudí ha disuadido a todo aquel que se desviara de su interpretación y práctica de la peregrinación, que compone uno de los pilares del Islam. La falta de todo significado sociopolítico en el ritual ha sido el objetivo de la familia gobernante.

Para prevenir cualquier amenaza contra su mandato, el régimen saudí no sólo ha prohibido a millones de peregrinos que discutan o planifiquen campañas que pretendan hacer justicia para los oprimidos; sino que también ha adoptado una postura más estricta respecto a sus propios ciudadanos. Cuestionar la visión peculiar de la Casa de Saud sobre el Islam es, literalmente, tentar al arresto, la detención y la muerte. Cientos, si no miles, de disidentes languidecen en los calabozos saudís por haber mostrado una oposición valiente. La mayor parte de la inquietud de los disidentes reside en el abuso de poder de la “realeza” no elegida. Su “crimen” es exigir responsabilidades, derechos humanos, libertad y justicia.

Sin embargo, la monarquía saudí, ajena a las preocupaciones de la población, continúa comportándose como hacen todos los regímenes totalitarios; es un lujo que se puede permitir, sabiendo que cuenta con el respaldo de Estados Unidos. Se puede decir lo mismo de los acuerdos secretos de seguridad de Israel, que permiten que la familia real saudí ponga en práctica sus cuestionables políticas.

Con las redes sociales repletas de fotos y selfies de peregrinos, me pregunto si alguna vez se han dado cuenta de qué irónico es que sean lapidarios simbólicos en la culminación de la peregrinación, mientras que los autoproclamados “Custodios de las Dos Mezquitas Sagradas” lapidan a Yemen con explosivos.

Podríamos decir lo mismo sobre la ocupación israelí en Palestina, dadas las ridículas demandas exigidas a Qatar por el asedio de Arabia Saudí respecto al apoyo y ayuda que el pequeño país presta a Palestina.

Asimismo, la represión despiadada de los musulmanes rohingya por parte del gobierno de Myanmar, que lleva en pie desde los años 80, aunque ahora alcanza niveles de genocidio. Esto también se ha barrido debajo de la alfombra. Mientras que el resto del mundo ve con horror las noticias de la antigua Birmania, en Arabia Saudí los rohingya no tienen importancia.

El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una conglomeración de oligarcas establecida como una institución de seguridad, ostensiblemente para contrarrestar la influencia de Irán en la región; ha adquirido un estatus sagrado que supera la santidad de los nobles santuarios de Meca, Medina y Jerusalén. Los principales gerentes del CCG son Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait. Todos ellos están dirigidos por déspotas no elegidos que consideran a Israel una garantía de su libertad para oprimir los derechos humanos y, por lo tanto, son incapaces de hacer lo mínimo en defensa de Palestina. Si, por casualidad, se las arreglan para hacer algo, no suele ser más que una reacción precipitada, seguros de que Israel les permite engañarse a sí mismos y a sus aduladores de todo el mundo.

Es vergonzoso gastar miles de millones de dólares en sistemas militares, pero no mover un dedo frente a la catastrófica limpieza étnica de los rohingya – y los 70 años de colonización y ocupación israelí en Palestina. Aún así, estas armas de destrucción masiva continúan desplegándose y destruyendo a Yemen y a sus gentes.

Si la peregrinación a La Meca sigue siendo un ritual vacío, tal y como lo plantea e impone el régimen saudí, ni los yemeníes ni los rohingya tendrán esperanza alguna de que los millones de peregrinos de todo el mundo se movilicen para defender sus derechos.

La peregrinación representa una oportunidad para que los rezos de los peregrinos se concentren en todos aquellos oprimidos, independientemente de quiénes sean, incluidos los yemeníes y los rohingya. La oportunidad se está desaprovechando, ya que las autoridades saudíes quieren tener alianzas con todos los líderes musulmanes globales sin asumir ninguna responsabilidad. Es una situación realmente vergonzosa.

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