2018: La mañana después de la noche

Publicado el Por David Hearst (author), Arabia Watch (author)

Lugar(es): Riad, Arabia Saudita, Teherán, Irán, Ankara, Turquía

Presidentes de Turquía, Rusia e Irán en Sochi el 22 de noviembre (fotografía: AFP)
Presidentes de Turquía, Rusia e Irán en Sochi el 22 de noviembre (fotografía: AFP)

 

Tres eventos definieron Oriente Medio en 2017. Cada uno de ellos fue declarado una victoria militar o una reforma audaz. El éxito fue como alcohol puro en la cabeza del vencedor, pero su euforia duró poco. Cada uno de ellos, a su vez, provocó cambios inexplorados en las alianzas regionales.

Un año después, por la mañana, parecen un poco menos atractivos que la noche anterior para los que mueven los hilos de este valiente nuevo mundo árabe.

 

Una guerra por elección

La primera victoria del año fue para los rusos, que recuperaron Alepo, en los últimos días de 2016. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, destacó su toma de posesión como nuevo gobernante imperial de Siria al caminar delante de Bashar Al-Assad, el líder del régimen sirio cuya piel había salvado, en un desfile de la victoria en la base Hmeimim en Latakia. Fue una escena que Putin podría haber copiado inconscientemente de un procónsul romano.

Para Putin, Siria fue una guerra por elección. Rusia no comparte ninguna frontera con el Estado árabe y podría haber permitido que Damasco cayera sin que a Rusia le afectara.

En Siria, Putin tenía una oportunidad para probar no sólo a su fuerza aérea, sino también el nuevo orden mundial: que Estados Unidos ya no poseía el monopolio de la acción militar, ni un veto sobre cualquier otro. Y lo comprobó.

Pero las consecuencias estratégicas de la intervención no fueron tan sencillas como Rusia esperaba -una sombra de la fuerza militar global que la Unión Soviética fue una vez- y no podría hacerles frente por sí sola. Putin pronto descubrió que necesitaba aliados.

Assad tiene ahora dos amos: Rusia e Irán, cuyos intereses divergen, en particular sobre la cuestión de la suerte del líder sirio. En esto, Assad está apenas siguiendo los pasos de su padre.

Hafez Al-Assad mantuvo fuertes relaciones con Irán y Estados Unidos al mismo tiempo, ayudó a George H Bush contra su rival baasista Saddam Hussein en la primera guerra del Golfo. El padre conservó la independencia de su país. El hijo la perdió. Hafez Al-Assad surgió como un dirigente fuerte. Su hijo es un lisiado.

Putin no solo tiene dos bases permanentes en las costas del Mediterráneo, sino que también ahora se encuentra esposado a una ruina llamada Siria. Si la Unión Soviética gastó dinero en Oriente Medio, la Federación Rusa está ahí para ganarlo.

Para esto, los cazas de combate de Putin no son de ninguna utilidad para él. Se necesita estabilidad, algo que ni él, ni Irán, pueden proporcionar fácilmente a millones de sirios que trataron de acabar con el gobierno de la dinastía Assad y que lo han perdido todo en esta guerra.

Por eso, Moscú y Teherán necesitan a Turquía. Irán necesita a Turquía para equilibrar a Rusia y llegar al mundo suní. Al mismo tiempo, Irán está tratando de mejorar las relaciones con Hamás y los Hermanos Musulmanes en Turquía después de los daños causados por su presencia en Siria.

Si Rusia va a obtener un retorno de su inversión siria, mediante la venta de armas y reactores nucleares, también tiene que estar de pie a horcajadas sobre la división sectaria.

 

El campo rival

Turquía por el contrario necesita a Rusia e Irán, ahora que se ha alejado, al menos psicológicamente, de Estados Unidos. Las maniobras entre los tres van a continuar. Cada uno de ellos persigue diferentes agendas en Siria, pero por el momento, su destino está ligado por los enemigos comunes.

Putin está aprendiendo que una cosa es ahuyentar a los estadounidenses y saudíes de Siria, y otra cosa muy diferente es convertirse en el dueño de una guerra civil de segunda mano. Los rebeldes han sido sometidos por la fuerza aérea rusa, pero las brasas del conflicto siguen ardiendo bajo las cenizas.

La segunda victoria de 2017 se la apuntó el campo rival, formado por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Israel y Estados Unidos. Esta fue la ovación que recibió Donald Trump en Riad. Se suponía que iba a anunciar una nueva alianza de Estados árabes "moderados" suníes contra Irán, el Islam político y cualquier disidencia interna o príncipe rival que desafíe a las tiranías.

Sobre el papel, esta alianza tiene todas las cartas ganadoras: Los mayores fondos soberanos, los mayores Ejércitos, guardaespaldas y piratas informáticos occidentales. y el respaldo de Israel. En realidad, la alianza de los tiranos de la nueva era está cegado por las nubes de auto-engaño.

 

¿Qué podría salir mal?

El plan, al igual que su riqueza, es a gran escala. No sólo para reemplazar a un Estados Unidos en retirada como potencia hegemónica regional del siglo XXI, sino también para dominar las comunicaciones y el comercio de todo el mundo árabe suní través de los puertos, islas y rutas comerciales que van desde el Golfo de Omán, hacia el oeste, hacia el Canal de Suez, y hacia el sur de África - una verdadera recreación de un imperio marítimo al estilo del siglo XVI.

La visita de Trump desencadenó que se subiera la sangre a la cabeza: En primer lugar el asedio de Qatar, a continuación, la expulsión de Mohammed bin Nayef, el  primo mayor de Mohammed bin Salman; después vino la purga de los príncipes; una orden al primer ministro libanés Saad Hariri a renunciar; seguida de instrucciones al presidente palestino, Mahmoud Abbas, para que rinda el este de Jerusalén y el derecho de retorno, o se aparte para que otro lo haga en su lugar.

Cada tiro de los dados reveló la mentalidad totalitaria de los hombres que quería dominar la región. La opinión pública, la rendición de cuentas, la historia, la religión, la cultura o la identidad no les importaba. Estos hombres estaban allí para gobernar, poseer y ordenar. Todos los demás sólo existen para obedecerles.

 

La Declaración Trump

Y así, llegamos al tercer y último evento. Cien años después de la Declaración de Balfour, Trump se mojó con una declaración propia - reconoció a Jerusalén como capital de Israel. Si los dos primeros eventos producen temblores, el tercero proporciona la energía para un terremoto.

Jordania y Abbas, dos de los aliados más veteranos de Washington, saltaron del barco públicamente. Jordania se acercó a Turquía, Siria e Irán, mientras que Abbas declaró a Estados Unidos como no apto para ser un mediador. La guerra silenciosa entre Turquía y los Emiratos Árabes Unidos se convirtió en una ruidosa.

Una discusión ‘a gritos’ entró en erupción a partir de un retuit. El ministro de Asuntos Exteriores emiratí Abdullah bin Zayed Al Nahyan retuiteó una publicación acusando Fahreddin Pasha, el gobernador otomano que defendió Medina contra las fuerzas británicas, de robar la propiedad de los locales y las reliquias sagradas de la tumba del profeta Mahoma.

A lo que Erdogan respondió: "Cuando mis antepasados estaban defendiendo Medina, qué se encontraban los suyos?".

Erdogan mantuvo la retórica en Sudán, que visitó el lunes. Allí Turquía anunció una serie de acuerdos estratégicos, militares y económicas de largo alcance.

Sudán es crucial para Egipto. Es un país grande, una puerta de entrada a África, y que había estado tratando de reparar sus relaciones con Arabia Saudita durante los últimos dos años. Durante este período, en el que había dejado de cooperar con Turquía y Qatar, y las consecuencias que recibía por las milicias islamistas de todo Libia. Hoy Sudán está cambiando de bando una vez más.

 

Un mensaje de Sudán

Como ya se informó anteriormente, Sudán está agotado con su papel como suministrador del mayor número de tropas en el terreno en la coalición liderada por Arabia Saudita en Yemen. Hay informes no oficiales de que la extracción de las tropas sudanesas de Yemen ya ha comenzado.

Unos días antes de la visita de Erdogan, Sudán informó a la ONU de su objeción al acuerdo fronterizo naval de Arabia Saudita y Egipto, por el cual El Cairo acordó ceder las dos islas deshabitadas del Mar Rojo de Tirán y Sanafir. El acuerdo también supone un pisotón a Sudán. Mediante el mismo Arabia Saudita reconoce la zona fronteriza en disputa entre Sudán y Egipto, llamado el triángulo Halayeb, como parte de Egipto.

La visita de Erdogan fue una oportunidad para Sudán para enviar un mensaje a Riad y El Cairo. El presidente turco anunció que va a desarrollar la isla de Sawakin en el Mar Rojo Oriental. Se trata de un puerto naval otomano en ruinas de ninguna utilidad estratégica para una armada moderna hoy en día.

Pero el acuerdo militar formado en la misma visita entre el jefe de personal de Turquía, Qatar y Sudán es de gran importancia.

El mensaje de Sudán no se limitó en los saudíes. El periódico Okazdijo que la decisión de permitir la reconstrucción de Turquía de la isla supone "una amenaza abierta a la seguridad nacional árabe".

El periódico dijo: "Turquía está tratando de imponer su hegemonía en la región del Cuerno de África, ofreciendo ayuda militar y el establecimiento de las bases para sí mismo en los países de África".

"El establecimiento de bases militares en Sudán representa una amenaza explícita para al Estado egipcio, en el contexto de las tensas relaciones entre El Cairo y Ankara y la escalada de conflictos entre Sudán y Egipto sobre Halayeb y Shalatin".

 

La mañana siguiente

¿En qué se ha convertido, entonces, el mundo árabe después de un año de contener el aliento?: La esfera de influencia de Arabia Saudita se ha encogido. Comenzó el año encabezando a los seis Estados del Golfo y convocando a 55 líderes de países de mayoría musulmana a escuchar cómo Trump les hablaba sobre el Islam radical.

Arabia Saudita termina el año con una hemorragia de ese apoyo y ha perdido por completo a Líbano.

Como dijo un político suní, si Irán hubiera gastado mil millones de dólares tratando de influir en la opinión pública en el Líbano contra Arabia Saudita, no hubiera hecho un trabajo tan bueno como el que han hecho los mismos saudíes tratando de forzar la renuncia de Hariri.

Mohammed bin Salman piensa que mientras tenga a Trump e Israel, por su lado, no importa. Pero hay tres fallos en ese cálculo.

El primero es el supuesto de que Trump continúe como presidente de los Estados Unidos. Steve Bannon, por ejemplo, dijo a Vanity Fair, sólo dio a Trump una probabilidad del 30% de evitar un final prematuro a su primer mandato, ya sea a través de una destitución o que sea removido por el gabinete invocando la 25º Enmienda. Sin Trump, el gran plan de bin Salman está por los suelos.

El próximo presidente, sea quien sea, no va a seguir su mismo desastroso camino.

El segundo error es con Israel, un lector mucho más astuto de la política de Washington que los neófitos saudíes. Es por ello que se está apresurando en crear más hechos sobre el terreno y poner en su lugar los últimos ladrillos en la pared de los asentamientos que está construyendo alrededor de Jerusalén.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es un hombre con prisa. Él no sólo quiere conseguir la anexión de Jerusalén, sino que Trump la firme mientras él todavía está en el poder.

El tercer defecto en el plan de bin Salman es Jerusalén. Durante la noche, la Declaración de Trump situó el conflicto palestino- que había sido desplazado por las revueltas árabes de 2011 y la contrarrevolución que vino después- una vez como el tema central de Oriente Medio. Siria ya no es el principal problema.

Como consecuencia, los palestinos no tienen otra opción que iniciar una tercera Intifada. Los jefes de seguridad israelíes ya están advirtiendo a sus líderes políticos del estado de ánimo en el suelo. Las tensiones en Gaza, dijeron, eran una reminiscencia de la víspera del conflicto de Gaza en 2014.

Esto es lo que le espera a 2018. El surgimiento de un nuevo tirano saudí: bin Salman, quien con la ambición de convertirse en la potencia hegemónica regional, ha revitalizado el campo de Qatar, que ahora cuenta con el respaldo militar de Turquía y Sudán, y el apoyo logístico de Irán.

La causa palestina ha vuelto al centro del escenario, y al centro de las diferencias entre los dos ejes. El Islam político está volviendo como un jugador fuerte. Después de haberse quedado sin cartas en Yemen, tanto Mohammed bin Salman como Mohammed bin Zayed están cortejando a los líderes de Islah. Los islamistas políticos también mostraron su fuerza en manifestaciones en Jordania y en todo el mundo árabe sobre Jerusalén.

El año comenzó con un mate para aquellos que pensaban que podían reorganizar Oriente Medio a su imagen y semejanza, y en su provecho. A penas está comenzando el dolor de cabeza que ellos mismos se han creado.

 
 
 

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