La delirante democracia de Egipto

Publicado el Por ibrahim Vawda (author), Monitor de Oriente (author)

El presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi da en una conferencia de prensa en la Casa de Estado en Nairobi, Kenia el 18 de febrero de 2017
El presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi da en una conferencia de prensa en la Casa de Estado en Nairobi, Kenia el 18 de febrero de 2017

 

Las “elecciones” presidenciales de Egipto sólo pueden describirse como una farsa y un insulto contra todas las personas del mundo que aman la libertad. Parece ser que el levantamiento del 25 de enero de 2011 ya es historia, al igual que su lema de “pan, libertad y justicia social.”

En 2011, el derrocamiento de Hosni Mubarak llevó a Egipto a una transición prometedora, pero muy frágil y complicada – y, sin duda, democrática. Varias elecciones y referéndums democráticos y una nueva constitución amenazaban a los 60 años de dictadura militar en Egipto. La elección en junio de 2012 de un presidente civil, Mohamed Morsi, de los Hermanos Musulmanes, fue un gran acontecimiento.

Las instituciones estatales más arraigadas de Egipto – el ejército, la policía, el poder judicial y los medios de comunicación – nunca estuvieron a favor del levantamiento. Todas ellas intentaron sabotear la naciente democracia, a veces ayudados por la torpe gobernanza de los Hermanos. Sin embargo, el antiguo orden político consiguió mantener parte de su carácter crítico y el “arraigado Estado” conservó su dominio.

Después del golpe de Estado de 2013, dirigido por el general Abdel Fattah Al-Sisi, era de esperar que Mohamed Morsi y sus partidarios sucumbieran y reconocieran el control militar. Pero subestimamos la resistencia del pueblo egipcio.

Sisi es un oficial del ejército entrenado por los Estados Unidos y el antiguo jefe del servicio de inteligencia militar de Mubarak. Desde 2013, ha gobernado Egipto con puño de hierro. Sus fuerzas de seguridad han torturado y asesinado a miles de personas en una demostración de tiranía, crueldad y brutalidad. Su gobierno es de todo menos democrático.

De hecho, bajo el mandato de Sisi, las autoridades egipcias han utilizado los tribunales para ahogar a los medios y a la libertad de expresión. Muchos periodistas y profesionales mediáticos han sido encarcelados, y docenas de ellos se enfrentan a investigaciones criminales, aunque todo esto ha sido negado por las autoridades egipcias.

Tan sólo pocos días después del golpe militar, cientos de civiles y otros líderes y figuras públicas contrarias al golpe de Estado fueron detenidos. La mayoría de los medios de comunicación y de los canales de televisión y satélite considerados contrarios al golpe militar o simplemente críticos con la intervención del ejército fueron inmediatamente censurados y cerrados. Simultáneamente, Sisi afirmó que había intercedido para evitar una guerra civil. Prometió seguridad, firmeza y éxito. Los generales y sus partidarios habían juzgado mal la actitud del pueblo.

Por su parte, en su toma de posesión, el doctor Morsi no usó un chaleco antibalas para demostrar que tenía una fe total en el pueblo egipcio. En 2005, también lideró una marcha en apoyo a la independencia del poder judicial, y se pasó décadas entrando y saliendo de la cárcel durante el régimen de Mubarak debido a su oposición frente a sus políticas y prácticas represivas. Quería transformar la dictadura de Mubarak en una representación de la voluntad del pueblo, basada en los principios de la justicia, la igualdad, la honestidad, la sabiduría y el perdón.

Sin duda, los acontecimientos de finales de 2010 en África del Norte no comenzaron ese año. Ya antes muchas personas exigían la participación del pueblo en el gobierno y el fin de la autocracia en Oriente Medio. Dado el discurso infinito de los políticos occidentales sobre los derechos humanos y las libertades, sería de esperar que hubiesen sido partidarios entusiastas de estas exigencias democráticas de los manifestantes árabes. Pero, como también era de esperar, este no fue el caso. Una de las muchas lecciones que hemos aprendido es que las potencias internacionales no son dignas de confianza.

Ahora existe una profunda ira respecto a la doble cara de Europa y Estados Unidos. A esto hay que añadirle la indignación por la catastrófica invasión de Irán, la destrucción de Libia y el profundo resentimiento por la presencia constante del colonialismo de una forma u otra, pero especialmente en forma del apoyo occidental al proyecto colonialista que representa el Estado de Israel.

Desde el golpe de Estado de 2013, la maquinaría de seguridad de Sisi ha funcionado a toda marcha, deteniendo y asesinando a multitudes de manifestantes. Las desapariciones y la tortura se han utilizado para intimidar a los ciudadanos con una mentalidad parecida. Amnistía Internacional ha informado de que se han documentado más de 300 “desapariciones” y de que la tortura se ha producido de forma “desenfrenada” desde el comienzo del mandato militar. Para demostrar su “cariño”, Sisi ha otorgado a su policía y a sus fuerzas de seguridad varios aumentos de sueldo y ha construido un monumento en su “honor”. Su campaña propagandística retrata a la policía y al ejército como víctimas, héroes y protectores del pueblo. Las protestas legítimas se han criminalizado.
 
Por ahora, parece que Sisi ha aplastado a toda la oposición y discordia civil. ¿Se puede mantener esta opresión a largo plazo? La historia nos ha demostrado que los gobiernos duros y autoritarios dan lugar a una resistencia violenta. Hay indicios que muestran cómo los egipcios están cada vez más hartos y cómo, de nuevo, la popularidad del doctor Mohamed Morsi está por las nubes. El uso extraordinario de la fuerza por parte del gobierno actual es una señal de debilidad, no de fuerza; no ha conseguido mantener bajo control a un pueblo desafiante.

 Así que, ¿cómo de democráticas son las últimas “elecciones” presidenciales? No lo son en absoluto. La democracia en Egipto es delirante, y el apoyo a Sisi y a sus compinches de Occidente es una vergüenza.

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