¡Que vienen los moros!

Publicado el Por Ilya U. Topper (author), www.elconfidencial.com (author)

Musulmanes rezan en el segundo día del ramadán en una mezquita de la ciudad de Fuengirola. (fotografía: Reuters)
Musulmanes rezan en el segundo día del ramadán en una mezquita de la ciudad de Fuengirola. (fotografía: Reuters)

Yo no soy racista, pero hay que ver cómo está aumentando la población musulmana en el mundo. No me digan que no es un poco para preocuparse. ¿No me creen? Ahí están las previsiones: si en 1990 no llegaba al 20%, en 2020, que es casi ya, será el 25%. Y en 2030, el 26,4%. Estarán en todas partes: en Estados Unidos, su número se va a duplicar. En Gran Bretaña llegarán al 8,2%: casi el doble en proporción que ahora. En Austria y Suecia rozarán el 10% de la población, y en Bélgica y Francia lo superarán. 

Son datos del Pew Research, un centro de estudios norteamericano serio, que se ha dedicado a cálculos demográficos. Ni siquiera toma en cuenta el fenómeno de la gente que se convierte al islam. Y no me digan que eso no es llamativo: todos ustedes conocerán a algún converso, pero ¿han oído hablar alguna vez de un musulmán que haya dejado la fe?

¿Que no es preocupante? Si ya ahora, cuando son una minoría aún exigua en estos países, están montando la de Dios es Cristo, edificando macromezquitas, colocándoles macrovelos (vulgo burka) y pidiendo minieducación (piscina no, música no, comedor normal de toda la vida, no), ¿qué se imagina usted que van a hacer cuando sean el doble de gente?

La expansión de un islam militante, especialmente por barrios de Londres, París y Barcelona, no tiene que ver con la demografía. Tiene que ver con la traición que Europa ha cometida contra sí misma: en aras del exotismo del velo, para exhibir la ‘tolerancia’ ha renunciado a defender los derechos que una vez proclamó como universales

Todos imaginamos. La palabra musulmán provoca una serie de reacciones inmediatas en nuestro cerebro: imágenes de velos, de yo no puedo tocar esto, porque es impuro (una loncha de jamón, un vaso de cerveza, un hombre), de yo no salgo porque mi marido tal. No siempre es la prensa: hay quien tiene a alguna familia musulmana de vecinos y por mucho que se esfuerce, ve confirmados todos los prejuicios.

Sí: tenemos una imagen de los musulmanes y sobre todo de “las musulmanas”, afianzada a fuerza de verla todos los días, bien en la prensa, bien en la calle. Al igual que los niños de las ciudades alemanas, dicen, tienen una imagen muy afianzada de cómo es una vaca: un animal de color morado que produce chocolate.

No estoy exagerando. Más de uno me ha dicho que en Madrid todas las marroquíes llevan pañuelo. Es una observación basada en una sencilla ecuación: las chicas que no llevan pañuelo no se contabilizan como marroquíes. Una chica sin velo no parece musulmana, al igual que una vaca no parece vaca si no es morada.

Desde luego, esta imagen no es culpa del Pew Research y sus cálculos demográficos. Pero si es verdad que hay tres tipos de mentiras, las piadosas, las cochinas y las estadísticas, este informe merece un lugar destacado en la tercera categoría. No por menudencias, como la de atribuir a Egipto un 105% de población musulmana, cuando tiene el 95 (¿se olvidaron de los coptos?) o a Turquía el 101%, cuando la cifra oficial no pasa del 99%. Ni por tomarse en serio esa cifra, que borra de un plumazo la fe aleví de un 12-15% de la población. La borra, considerándola musulmana. Así consta en sus carnés de identidad (ver archivo adjunto).

 ¿Que tengan templos propios y no vayan a la mezquita? ¿Que tengan libros sagrados propios y no leen el Corán? ¿Que no hacen el ramadán y ayunan en otros días? ¿Que desconocen las normas islámicas respecto a alcohol, jamón, velos o poligamia? Todo eso no importa: para el Estado son musulmanes. Así que para los estudios académicos también lo son. Y usted, lector, se lo creerá. Y los añadirá a la cifra de estos  “musulmanes” que están viviendo en su barrio y donde la mujer no puede salir de casa sin ponerse un pañuelo y que necesitan una carnicería halal (alimentos aceptables según la ley islámica) enfrente en vez del bar de toda la vida.

La fe impuesta por la ley

Menudencias. Qué son diez millones en una población total de 1.600 millones. Y qué importa que en muchos otros países una gran parte de la población quelleva a cuestas un carné con la palabra “musulmán”, también prefiere el bar a la carnicería halal. La mentira está en otra parte, y es la facilidad con la que se puede establecer una estadística de “población musulmana”. Responda a una simple pregunta, lector: ¿cuántos cristianos hay en España? ¿El total de la población, quitando a los hijos de inmigrantes musulmanes? ¿Ese 70% que en el barómetro del CIS se declara católico? ¿Ese 40% que se casa por la Iglesia? ¿Ese 15% que va a misa alguna vez al año?

Sí: pongo todo el rato ‘islam’ entre comillas. La religión que se difunde desde Arabia Saudí, Qatar y los pupitres europeos no es el islam. Es la fe wahabí, que tiene que ver con el islam tanto como la matanza de Waco con el Rocío

Probablemente, usted se decantará por los que se declaran cristianos. Pero ¿qué nos aporta saber que hay 32 millones de católicos en España si gran parte de ellos no ha pisado una iglesia en su vida, excepto para hacerse una foto turística? ¿De qué nos sirve saber que hay 1.600 millones de musulmanes, tantos por cada país? Les aseguro que este dato no le ayudará gran cosa, si usted se quiere meter a exportador de vinos de Rioja.

Dudo mucho de que los académicos hayan necesitado encuestas para los cálculos demográficos de los países en los que la religión consta en el carné. Pero aunque se hicieran, ¿qué validez tiene una encuesta cuando responder “no” supone un delitoUn delito penado con la muerte (en Arabia Saudí y vecinos) o con cárcel (en la mayoría de los demás países oficialmente islámicos). Incluso en los países donde la apostasía no está penalizada se persigue judicialmente bajo el delito de “blasfemia” (como en Egipto) o el de “sacudir las convicciones de los musulmanes” (en Marruecos).

Curioso delito: declararse personalmente no creyente tendrá un efecto dominó tremendo, según estas autoridades judiciales, ya que un ateo podría hacer dudar de su fe a todos los demás. Y llevan razón, vive Dios: cuando la fe es simplemente impuesta mediante ley, demostrar que el ser humano es capaz de vivir sin ella da que pensar. Esa funesta manía de pensar.

¿Qué validez tiene una encuesta cuando ser musulmán es obligatorio para toda persona que nazca de madre o padre musulmán? Porque esa religión se transmite por vía de educación paterna, según el código civil, y para evitar que se transmita de otra distinta, la ley, en vigor en prácticamente todos los países que se declaran islámicos, de Marruecos a Asia, prohíbe que una mujer musulmana se case con alguien de otra fe: el novio tendrá que convertirse antes de firmar. Una sencilla maniobra legislativa para garantizar que la descendencia de todo ciudadano que alguna vez se case con alguien de familia musulmana será automáticamente musulmana, para el resto de los siglos. Así es fácil lo de la expansión demográfica.

En esto, el clero musulmán le lleva ventaja al cristiano: Rouco Varela & Hnos. pueden colocarle mil trabas a un ciudadano español que quiere apostatar, pero no pueden apuntar en sus libros de cuentas a los bebés no bautizados. A los que pasan por la pila, sí. Y de esos quedan muchos. Siempre me he preguntado por aquellos españoles que despotrican contra la manía de la Iglesia de inmiscuirse en la vida de los ciudadanos y contra el Estado que le dedica fondos públicos para financiarla, los que salen a la calle a gritar contra la reforma de la ley del aborto y se van a admirar los colores de la Marcha Gay, pero luego bautizan a la niña porque la abuela, la mandan a la primera comunión porque los compañeros de clase y el vestidito, y hay quien acaba acudiendo al altar porque la suegra. Un cero les daba yo en matemáticas.

Pero los imames llevan ventaja, dije. Ya puedes tomarte todo el verano gin-tonics en bikini y echarte novia lesbiana; puedes dibujar caricaturas, arriesgar la cárcel y conseguir que los takfiristas, estos barbudos para los que no es musulmán quien no comulgue con ruedas de turbante, te declaren públicamente apóstata y lapidable: para las estadísticas seguirás siendo musulmana. De eso no te salva ni Dios.

…Y Europa se traicionó a sí misma

No soy racista, dije: no creo que la religión se transmita por vía hereditaria, como el daltonismo o el síndrome de Down. Y menos lo hace el fanatismo. La expansión de un “islam” militante por grandes partes de la Tierra, especialmente por Europa y muy especialmente por ciertos barrios de Londres, Colonia, París y quizás Barcelona, no tiene mucho que ver con la demografía. Tiene que ver con la traición que Europa ha cometida contra sí misma: en aras del exotismo del burka o el velo, tan ideal para exhibir la “tolerancia” frente a quien es “distinto”, ha renunciado a defender los derechos y los deberes que alguna vez proclamó como universales.

Ha renunciado a proteger la igualdad de mujeres y hombres, la libertad del individuo frente a su “comunidad”, en el mismo momento en que esa comunidad está dirigida por alguien que se hace llamar imán. Hoy no hay ninguna tierra más fértil para el “islam” fanático que Europaallí se fabrican en serie los cortacabezas del ISIS que luego se envían a Siria para colonizar ese país antiguamente musulmán. No lo voy a llamar Estado Islámico: no merece ni un apelativo ni el otro.

Sí: pongo todo el rato “islam” entre comillas. La religión que se difunde desde Arabia Saudí, Qatar y los pupitres europeos no es el islam. Es la fe wahabí, que tiene que ver con el islam tanto como la matanza de Waco con el Rocío. Pero ha usurpado su nombre en todas las páginas web que usted, lector, encontrará en castellano o inglés, en las conferencias internacionales y en las tribunas de la prensa. En tiempos que yo recuerdo, ser musulmán era otra cosa: se bebía vino en nombre de Dios en lugar de rezar. Tal y como ya recomendó Ángel Silesio en 1657. Otros tiempos.

Los tiempos no han cambiado por demografía. Sino por misión. Ninguna de las mujeres que hoy día llevan el burka en Europa ha visto a su madre llevarlo. Pocas de las que llevan y reivindican el hiyab, han visto a su madre con este velo estandarizado, uniforme de un ejército femenino que no para de crecer. No en los paritorios: en las mezquitas. Una misión pagada con petrodólares, no sólo en Europa, también en Indonesia y ya en Japón. No, lo preocupante no es que haya tanto japonés o tanto español que se convierta. Lo preocupante es que a los musulmanes de todos estos países, ciudadanos o inmigrantes, se les empuja a desfilar para ser herrados, mediante velo en el caso de las mujeres, como miembros de una comunidad determinada, “islámica”, contable, cifrable. 1.600 millones. 

No, no es la demografía la que debe preocuparnos. La demagogia, sí. 



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