La amenaza de la tercera Intifada

Publicado el Por Ignacio Rupérez / El Huffington Post (author)

 

En su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, 28 de septiembre, el presidente Mahmud Abbas sugirió la desvinculación de Palestina de los Acuerdos de Oslo, toda una bomba política que no se esperaba y que acompaña la posibilidad, que se rumorea con intensidad palpable, de una tercera Intifada en Jerusalén y Cisjordania. Al presentar tal cambio de actitud, el presidente de Palestina, entre otras cosas, refleja la precaria situación en que él mismo a sus ochenta años se encuentra, al frente de un Gobierno en precario, con una población muy descontenta y un proceso de paz que se eterniza sin resultados. Una especie de huída hacia adelante.

Efectivamente, la renuncia a los Acuerdos de Oslo respondería al absurdo de unas negociaciones interminables que no generan esa paz justa y duradera tan deseada, coincidiendo además con la expansión últimamente acelerada de los asentamientos en los Territorios Ocupados desde 1967; con un statu quo que ha proporcionado cierta tranquilidad en Cisjordania y Jerusalén, pero que parece agotado y sin alternativas políticas viables, perceptible la acumulación del resentimiento y la frustración entre los jóvenes palestinos así como la radicalización en la política israelí de Netanhayu y sus compañeros de Gobierno. Resulta destacable asimismo el auge de la violencia terrorista protagonizada por los israelíes y la inquietud de los colonos, con el cierre de la Ciudad Vieja de Jerusalén y la intensificación de la polémica, nunca desaparecida y muy peligrosa, sobre el control de la Esplanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones.

La primera Intifadase se extendió de 1987 a 1991, la segunda, de 2000 a 2005. Si llega la tercera, probablemente será más dura que las anteriores, con más pérdidas en vidas y haciendas, marcando mayor rivalidad aún entre palestinos e israelíes. Una revuelta protagonizada especialmente por jóvenes palestinos cuyas condiciones de vida y trabajo, en un mundo controlado por soldados, colonos y los servicios de inteligencia y seguridad, constituye un purgatorio diario. Innecesario detallar que una nueva Intifada complicaría todavía más este escenario de Oriente Medio, caracterizado por conflictos en cascada, con la inestabilidad creciente que generan las guerras en Mesopotamia y en Yemen o las turbulencias en el Magreb, alimentadas también por las lecturas contrapuestas que surgen del acuerdo nuclear con Irán y su participación creciente en los embrollos regionales.

 

La intervención de Mahmud Abbas revela además la débil posición en que se encuentra al frente de Palestina, abiertamente criticado por su pueblo y sometido a maniobras de derrocamiento por parte de la misma élite política; junto a la insuficiencia de su política, basada en la aceptación del Estado de Israel, la renuncia a la violencia y la búsqueda de la cooperación y la acomodación con la potencia ocupante, que ciertamente habría dado resultados en cuanto a la seguridad de la zona. Pero esa política no ha conducido a la creación de los dos Estados, o de un Estado que integre confortablemente a palestinos e israelíes; tampoco ha posibilitado el fin de la ocupación. Puede pensarse incluso que habría legitimado su continuidad, como si no hubiera pasado nada desde la desaparición de Yasser Arafat en noviembre de 2004.

La previsible desaparición política de Mahmud Abbas finalmente crearía un serio problema al Gobierno de Israel, al que le resultará difícil hallar un interlocutor tan manejable y dócil, pese a que haya amenazado con llevar a Israel ante el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra, o haya conseguido la calificación de Palestina como miembro observador de las Naciones Unidas. Igualmente, sin Mahmud Abbas podrían completarse con más facilidad los ánimos levantiscos de los palestinos que, según sondeos del pasado mes de septiembre, en un 42 % se mostrarían favorables a la lucha armada, frente al 36 % de meses antes. El presidente palestino ha colaborado de buena fe con Israel, esperaba resultados de esa colaboración, y su ausencia se ha vuelto contra él, considerado por ello más colaboracionista que colaborador con la potencia ocupante.

En este panorama debe añadirse el deterioro de la economía de Palestina, las crecientes fricciones en el seno de su misma élite política, y entre ésta y Hamás; al mismo tiempo que se registra el descenso de la aceptación de Hamás en Gaza, su presencia en Cisjordania parece aumentar. Por otra parte, no se descarta la presencia más notoria en los Territorios Ocupados del DAESH y de grupos salafistas de Al Qaeda o relacionados con ella. La chispa que hiciera estallar una confrontación abierta se situaría principalmente en la Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones, en especial con ocasión de la oración del viernes, o en el barrio de Silwan en Jerusalen. Mayoritariamente palestino y muy amenazado por la expansión urbanística israelí.

 

Cada generación tiene su guerra

Con cierta exactitud se ha dicho que en Tierra Santa, cada generación tiene su guerra. Con más emoción y sensibilidad en Jerusalén que en Ciosjordania, dejando Gaza como cuestión distinta, el conflicto de las sucesivas Intifadas ha tenido naturaleza y tratamiento diferente a los de Gaza en las operaciones marcadamente militares en la Franja de 2008, 2009, 2012 y 2014. También es cierto que éstas han generado efectos políticos mas demoledores. Esta vez, si se llega a una tercera Intifada, pueden aparecer elementos palestinos más y mejor armados que en Intifadas anteriores, entrenados y conocedores de lo que ocurrió antes, en condiciones físicas y espirituales de ruptura, más difíciles de combatir por las israelíes -que también acudirían mejor preparados-, sin crear serios incidentes de desprestigio y deslegitimación ante la opinión pública internacional.

La separación entre la opinión pública europea y la política israelí es cada vez mayor y más crítica, como lo es la actitud de franca reticencia que muestra la Administración Obama. La aceptación de Palestina como actor internacional está consolidándose, al mismo tiempo que en Jerusalén y Cisjordania menudean los atentados y otros actos de violencia, nunca desaparecidos por completo en Gaza, con participación creciente de terroristas, activistas y colonos judíos. También hay frecuentes huelgas de hambre de prisioneros en cárceles israelíes, o manifestaciones contra los asentamientos, o el incremento de las operaciones BDS (boicot, desinversión, sanciones) contra los intereses israelíes, en buena parte impulsadas por la diáspora palestina.

Por todo ello, Nathan Thrallse pregunta si el coste de la ocupación y el mantenimiento del actual statu quo no estará resultando demasiado oneroso para Israel, si no sería más barato en la economía y oportuno en la política proceder a la retirada de los Territorios Ocupados, sumarse de manera muy activa a la formación de los dos Estados, remedio en que no se confía, pero que se considera inevitable y único. Cualquiera de los remedios que se adopte en modo alguno será inmediatamente eficaz y taumatúrgico, no resolverá de golpe y porrazo las heridas generadas por tantos años de violencia y sufrimiento. Pero dada la crispación de los palestinos y el desprestigio político de Israel, resultarían mejores a larga, para al menos contener crispación y desprestigio, sobre todo en comparación de las incógnitas que, por desgracia, vengan después.

 

Demandas irreconciliables

Si Mahmud Abbas ha fracasado en su política, hay que preguntarse a continuación si con un dirigente como Benjamin Netanyahu, el Likud y los otros partidos nacionalistas y religiosos en que se apoya será posible encontrar la solución correcta, la solución aceptable por ambas partes. Pero el problema es más profundo, llega más lejos que la política, porque se refiere esencialmente a dos sociedades sin reconciliar, que llevan décadas enfrentadas y que pese a numerosas resoluciones de las Naciones Unidas y el prometedor programa que se inició en Madrid en 1991, se empeñan en demandas que de por sí son recíprocamente excluyentes, en las que las partes apenas o nada permiten márgenes para la aceptación o la rebaja.

Se trata de los lugares sagrados en Jerusalén, de su capitalidad, de los refugiados palestinos y el derecho al retorno, trazado de fronteras, eliminación de asentamientos ilegales, etc., así como de un proceso de negociación sin fecha límite en que acaba por perderse de vista su objetivo y su final, con ese galimatías conocido del status provisional y el status definitivo, como si los méritos residieran no en los resultados, sino en la negociación misma, que parece pensada deliberadamente como para no concluir nunca. En definitiva, tanto por parte palestina como por parte israelí, el ambiente, la coyuntura internacional, la política y los sentimientos de las poblaciones sugieren hoy muchas de las amenazas contra el statu quo y la inercia tanto en Tierra Santa como en Oriente Medio y el Norte de África.

Una nueva Intifada que resolver en un momento de especial falta de oportunidad acumularía notables esfuerzos, que coincide con la crisis generalizada y de duración imprevisible en Mesopotamia, Yemen y Magreb, deteriorando la posición internacional de Israel respecto a Occidente, pero también en relación con países como Egipto, Jordania y Arabia Saudí, con los que se observan notables coincidencias estratégicas. Más aún, una nueva Intifada llevaría a los palestinos a un nuevo punto de partida, de destino impreciso, con una paz inencontrable y por ello difícil de abordar, una ocupación militar y una colonización sin fecha de caducidad, un desarreglo territorial, político y social que se perpetúa y agrava.

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