Cobijados bajo el cedro: refugiados sirios en el Líbano

Publicado el Por Passim (author), Albert Charara (author)

 

El pasado mes de febrero se celebró en Londres la Conferencia de Apoyo a Siria y a la Región en la que se alcanzó el compromiso, por parte de la comunidad internacional, de destinar 11.000 millones de dólares a mitigar la crisis humanitaria vigente en el Levante mediterráneo, Turquía e Irak: 5.800 millones durante el 2016 y 5.400 millones durante el periodo 2017-2020. Más allá del posible impacto que pudiera tener el desembolso de estos fondos, y aprovechando la aproximación regional sobre la que se basó el encuentro, quiero detenerme a analizar la situación de los refugiados sirios en el país con el ratio de refugiados per cápita más alto del mundo: el Líbano.

Según los datos de registro de ACNUR, el Líbano acoge a 1.1 millones de refugiados sirios, a los que cabría sumar los refugiados no registrados – que según diversas fuentes ascienden a cientos de miles- y que, en conjunto, elevarían el número total de refugiados sirios a 1.5 millones. Tampoco debemos olvidarnos de los aproximadamente 450.000 refugiados palestinos acogidos en territorio libanés desde mucho antes de que el conflicto sirio estallara. Por tanto, solo tomando en consideración las cifras oficiales, y teniendo en cuenta que el Líbano es un país de unos 4.4 millones de habitantes, vemos que 1 de cada 4 personas viviendo en su territorio tiene estatus de refugiado.

Entrado ya el sexto año de crisis, la realidad de los refugiados sirios en el Líbano no muestra signos de mejora. El ejecutivo libanés ha anunciado en más de una ocasión su intención de reducir el número de refugiados que viven en su territorio, alegando la necesidad de proteger las condiciones de vida de propios ciudadanos y la economía del país. En enero de 2015, se puso en marcha una nueva política de regularización fronteriza: todos los refugiados sirios que quisieran entrar en el Líbano tendrían que justificar el propósito de su visita a través de un visado y diversos documentos de apoyo. Un cambio importante respecto del paso relativamente no restringido de la frontera entre ambos países previamente instaurado. En abril de 2015, el Ministerio de Asuntos Sociales libanés especificó una serie de excepciones humanitarias en relación al paso de refugiados sirios a territorio nacional. Solo podrían cruzar la frontera sin “demasiados” impedimentos: niños no acompañados con padre o madre registrado en el Líbano; personas con discapacidad con un familiar registrado en el Líbano; personas con necesidad de tratamiento médico urgente no disponible en Siria; y personas que serían reasentadas en terceros países. Como consecuencia de estas limitaciones y de la insuficiencia de las excepciones humanitarias promovidas y reguladas por el ejecutivo, el acceso a territorio libanés decreció substancialmente, considerándose la frontera cerrada “de-facto” para aquellos que huyen de la violencia en Siria. Pocos meses después, el cierre de la frontera turca cercana a la ciudad siria de Alepo añadió aún mayor presión a la crítica situación de aquellos que necesitan refugio fuera de sus fronteras.

La realidad de los refugiados que ya estaban en el Líbano y se habían registrado en ACNUR antes de enero de 2015 no es mucho más esperanzadora. Estos deben de hacer frente a pagos de 200 dólares y afrontar complicados trámites burocráticos para renovar su permiso de residencia, lo que provoca un importante incremento de refugiados indocumentados y un aumento de su vulnerabilidad frente a arbitrariedades de distinta índole.

Asimismo, y debido a la no camp policy, no existen campos de refugiados formales. Los más de un millón de refugiados sirios se reparten entre aproximadamente 1.700 localidades, habitando los barrios más pobres de estas. Alrededor de un 60% de ellos vive en apartamentos de alquiler, muchas veces compartidos por más de una familia, mientras que el resto ocupa viviendas precarias (casas sin terminar, garajes, almacenes…) o se aloja en asentamientos informales (refugios colectivos o asentamientos poblados por tiendas de campaña). Esta dispersión dificulta la llegada e implementación de ayuda humanitaria y provoca una atomización de necesidades muy difícil de paliar.

Como consecuencia de la indocumentación derivada de la no renovación de los permisos de residencia, el acceso al mercado laboral libanés, ya de por si restringido, se ha complicado aún más para muchos refugiados sirios, que quedan sujetos a las oportunidades que ofrece el mercado no regulado y se exponen a altos niveles de explotación laboral. Este hecho ha provocado que el 70% de los refugiados sirios vivan actualmente bajo el umbral de la pobreza (3,84 dólares al día) y que solamente la mitad de ellos sean económicamente activos.

¿Tienen acceso los refugiados sirios a los sistemas sanitario y educativo libaneses? Debido al recurrente colapso del sistema sanitario, los refugiados sirios han acabado optando por acudir al sector privado. El alto precio de los diferentes servicios (medicinas, coste por visita…), las complicaciones geográficas derivadas de la dispersión anteriormente mencionada y demás restricciones de acceso (los refugiados que sufren de enfermedades crónicas no reciben la atención necesaria) son los principales obstáculos que deben afrontar. En relación al sector educativo, se estima que solo la mitad de los niños sirios de entre 6 y 14 años residentes en el Líbano acuden diariamente a la escuela. Este porcentaje se reduce drásticamente con los adolescentes de entre 15 y 17 años, de los cuales solo el 5% cursan estudios secundarios o superiores.

Pese a toda la información que los datos arrojan, el gobierno libanés reivindicó su papel y el de las instituciones del país en el contexto de la conferencia de donantes celebrada el pasado mes de febrero. La delegación destacó “la hospitalidad mostrada hacia el pueblo sirio, especialmente a nivel municipal, donde las diferentes autoridades y comunidades han manifestado una generosidad sin precedentes”. Asimismo, se comprometió a impulsar planes integrales en los ámbitos de la educación (marcándose el objetivo de escolarizar a todos los menores de entre 3 y 18 años en el menor tiempo posible) y el mercado laboral (prometiendo la creación de 300.000 puestos de trabajo, un 60% de los cuales serían para refugiados sirios). Pero para poder llevar estos compromisos a la práctica, el ejecutivo libanés reclama la implicación de la comunidad internacional, que debe aportar los fondos requeridos, mejorar la financiación y apoyar de manera firme a los diversos agentes e instituciones que implementarán las medidas propuestas.

La debilidad institucional libanesa no ayuda precisamente a hacer frente con las mejores garantías al reto que ha supuesto la llegada, en menos de cinco años, de 1.1 millones de refugiados sirios. Tanto el gobierno como el parlamento permanecen anquilosados ante el “vacío presidencial” (que lleva arrastrándose desde mayo de 2014), y se caracterizan por la incapacidad de responder a los numerosos frentes abiertos que el Líbano tiene que abordar: desde la omnipresente amenaza terrorista, pasando por las tensiones en la frontera sur, hasta el descontento social provocado por la “crisis de la basura” y los recurrentes cortes de suministros, que en el verano de 2015 dieron pie al movimiento #YouStink (#Apestáis). Por si no fuera suficiente, en las últimas semanas una escalada de tensión diplomática entre el Líbano y los países del Golfo ha provocado cuantiosas pérdidas en ayuda militar y un seguido de decisiones, declaraciones y comunicados nada enfocados a rebajar la crispación.

El papel de la comunidad internacional tampoco genera mucha confianza. El gap entre la ayuda solicitada por la ONU y las instituciones que trabajan sobre el terreno para paliar la crisis humanitaria de Siria y vecinos y los fondos finalmente recibidos no ha hecho más que aumentar durante los últimos años. Solo el 52% de los fondos solicitados fueron recaudados en 2015. En el ámbito libanés, esta cifra aumenta hasta el 63% en el mismo 2015, pero sigue siendo a todas luces insuficiente. Además, dejando de lado el ámbito puramente económico, muchos creen que los llamamientos de la comunidad internacional (principalmente de Europa) a Líbano, Jordania y Turquía con el objetivo de que abran sus mercados laborales a los refugiados y, por consiguiente, mejoren sus condiciones de vida, solo responden a la voluntad de que estos mismos refugiados no emprendan el viaje a occidente. Pese al considerable grado de cinismo de esta afirmación, si reflexionamos sobre el recibimiento que Europa está brindando a aquellos que escapan del terror y la violencia presente en Oriente Medio, es difícil rebatir a los que se muestran propensos a esta teoría.

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