El hombre más influyente de Irak

Publicado el Por Ángeles Espinosa/ EL PAÍS (author)

Miembros de tribus iraquíes chiíes alzan fusiles y el retrato del clérigo Ali Sistani, en junio de 2014 (fotografía: AFP)
Miembros de tribus iraquíes chiíes alzan fusiles y el retrato del clérigo Ali Sistani, en junio de 2014 (fotografía: AFP)

 

Ha llamado a los iraquíes a votar y a tomar las armas frente al Estado Islámico. Exigió elecciones a los ocupantes, aunque sin enfrentarse a ellos. Quiere que el islam sea la principal fuente de inspiración legislativa, no que los clérigos gobiernen. Pero sobre todo ha tratado de contener la espiral de violencia sectaria desatada tras el derribo de Sadam Husein. El que muchos consideran el hombre más influyente de Irak no es un político sino un clérigo, el gran ayatolá Ali Hosein Sistani, líder espiritual de millones de chiíes en todo el mundo.

Hay pocas imágenes de este ulema que luce el turbante negro de los descendientes de Mahoma. A Su Santidad, como se refieren a él sus ayudantes, no le gustan las fotografías. Tampoco da entrevistas, ni se prodiga en ceremonias públicas. A punto de cumplir los 87 años (el próximo agosto), vive recluido en una modesta vivienda de Nayaf, a pocos pasos de la mezquita del Imam Ali, uno de los lugares más sagrados del islam chií.

El aparente aislamiento resulta engañoso. A pesar de su edad y de estar delicado del corazón, Sistani sigue recibiendo visitas casi a diario y sus oficinas están conectadas por Internet con una extensa red de seguidores en todo el mundo. Pero es el peso de sus opiniones entre los chiíes iraquíes (casi dos tercios de la población), lo que le ha convertido en un referente clave en el intento de transformar Irak de una dictadura en una democracia tras la invasión estadounidense de 2003.

Así lo reconocen las cancillerías occidentales, donde preocupa la ausencia de una figura de su talla para, llegado el día, sucederle. También lo demuestran las periódicas visitas que le hace el representante especial de la ONU para mantenerle informado.

Recibe sentado en el suelo, en una estancia de paredes desnudas donde ronronea un viejo aparato de aire acondicionado. Quien nunca logró audiencia fue Paul Bremer, el procónsul estadounidense; hubiera condonado la presencia extranjera. No obstante, tampoco se opuso a ella como su hijo y portavoz, Mohamed Rezam, explicó a esta corresponsal. Su exigencia de elecciones directas cuando los ocupantes proponían que la Constitución la redactara una Asamblea designada, le granjeó el respeto de muchos iraquíes incluso fuera de su comunidad.

Tampoco le han faltado críticas, en especial de quienes no han digerido el desplazamiento de poder hacia los chiíes después de décadas en manos de la minoría suní. Una acusación recurrente ha sido su origen iraní. No es un secreto. Su biografía oficial dice que nació en 1930 en la ciudad santa de Mashhad, al noreste de Irán.

Llegó a Nayaf con apenas 21 años para estudiar en el seminario del gran ayatolá Abul Qasem al Khoei, entonces máxima autoridad del chiísmo. A la muerte de Al Khoei en 1992, Sistani le sucedió en esa consideración que, como la de los Papas católicos, está por encima de la nacionalidad.

En línea con su mentor espiritual, rechaza la teoría del velayat-e-faqih, o gobierno del jurisconsulto, del ayatolá Jomeini, el fundador de la República Islámica, con quien coincidió durante el exilio de éste en Nayaf. Su respaldo a que fueran los políticos y no los clérigos quienes se ocuparan de la administración de Irak marcó una clara diferencia con la teocracia chií del vecino Irán, donde un ayatolá ostenta el cargo de líder supremo.

No obstante, Sistani defendió que el islam fuera reconocido como religión oficial y que las leyes no contradigan sus principios. También se ha distanciado del quietismo político de Al Khoie al intervenir públicamente cuando ha estimado que la situación lo requería. Una y otra vez ha instado a los chiíes a no responder a los atentados que los extremistas suníes les dirigen desde hace una década, incluso en los momentos de mayor tensión como en 2006 tras el ataque a la Mezquita Dorada de Samarra.

De igual forma, hace dos años, cuando el Estado Islámico amenazaba Bagdadtras haber tomado Mosul, Sistani hizo un inusual llamamiento a las armas para frenar su avance. Desató una enorme movilización, pero en lugar de engrosar las filas del Ejército dio pie al resurgir de las milicias. En un intento de reforzar al Estado frente al creciente poder de Irán a través de muchas de ellas, el gran ayatolá dio un paso más y, a mediados de 2015, a través de sus representantes en las plegarias del viernes, instó al primer ministro, Haider al Abadi, a luchar contra la corrupción, reformar el poder judicial y apoyar las fuerzas de seguridad.

Frustrado al parecer con la falta de resultados, a principios de este año comunicó que a partir de ahora mantendría silencio. Muchos defienden que sin su voz en favor de la moderación, la paz y la tolerancia, Irak sería un país mucho más sangriento. De ahí que algún comentarista haya sugerido su nombre para el Nobel de la Paz.

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