Irán, primera parada de los refugiados afganos hacia Europa

Publicado el Por Ali Falahi (author), El País (author)

Refugiados afganos trabajan en una obra en Irán (fotografía: AA)
Refugiados afganos trabajan en una obra en Irán (fotografía: AA)

 

Las guerras de Afganistán a partir de 1978 desataron una de las oleadas de migración más grandes de la segunda mitad del siglo XX. El ayatolá Jomeini, fundador de la República Islámica de Irán calificó a los refugiados de “hermanos musulmanes” y, por consiguiente, el país les abrió sus fronteras. Hoy Irán acoge a tres millones de afganos, en su mayoría migrantes indocumentados. Pero a pesar de los esfuerzos por facilitarles educación y sanidad gratuitas, cada vez más consideran su estancia como un paso para emigrar a Europa.

“Llevo más de 15 años viviendo en Irán y me he casado con una iraní. Estoy contento con mi trabajo y no pienso volver a Afganistán”, explica en un persa teheraní sin apenas acento, Asef, un hazara de casi cuarenta años.

Asef es el conserje de una piscina en el centro de Teherán y muchos de los iraníes que lo conocen no saben que es afgano. Una parte de los refugiados afganos ya se han integrado en la sociedad iraní, pero no todos han tenido tanta suerte y se enfrentan a muchos problemas.

“No tienen acceso al mercado laboral y el coste de la vida es alto, en especial porque tienen familias grandes; como resultado, algunos se implican en actividades ilegales y hasta criminales”, reconoce Fathiaa Abdalla, representante interina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Irán. Esa organización, apunta, “se enfoca a brindarles servicios sanitarios, espacios educativos y formación profesional en una colaboración muy estrecha con las autoridades iraníes”.

El Gobierno iraní estima que el número de refugiados afganos legales ronda los 950.000, apenas un tercio de los afganos que viven en Irán. Hace dos años, el ayatolá Jameneí, actual líder supremo, decretó que todas las escuelas públicas tenían que inscribir a los niños refugiados independientemente de su situación legal. También ha empezado el proceso de inscripción de los afganos en el sistema de salud iraní, tal como prometió el presidente Hasan Rohaní.

Según los datos de ACNUR, que ofrece Abdalla, “los afganos sumaban casi un 20% de los migrantes llegados a Grecia en 2015, la segunda nacionalidad más numerosa después de los sirios, aunque este flujo ha disminuido a un 14% en 2016”. Aun así, opina, ese viaje “todavía constituye uno de los riesgos más importantes al que se enfrentan los afganos, ya que para cruzar la frontera iraní, una de las más vigiladas en la zona, tienen que contratar los servicios poco fiables de los traficantes”.

“La inmigración a Europa se ha convertido en un espejismo para muchos afganos”, declara Sharmin Meymandineyad, el fundador de la Asociación Estudiantil y Popular Imam Ali, la mayor ONG de Irán. “Muchos que estaban casi integrados en nuestros programas abandonaron Irán con la falsa promesa de alcanzar una vida mejor en Europa, algo que para una buena parte no se cumplió”, señala. En su opinión, “lo más importante es concienciarles sobre los peligros de emprender este viaje, a la vez que se conciencia a los iraníes para que no les traten con prejuicios étnicos y religiosos”.

Esta asociación, en colaboración con la Unicef, lleva a cabo un proyecto educativo para todos los niños y adolescentes que no han tenido acceso a la educación pública a través de una red de casas de la ciencia. “Nuestros servicios no se limitan solo a impartir clases, sino también a alimentarlos, darles asistencia psicológica y hasta jurídica”, explica Nima Mokhtarian, un joven ingeniero informático que dirige la Casa de Ciencia del barrio Khaksefid, uno de los más marginados de Teherán. Una docena de voluntarios, como Mokhtarian, se encargan de crear un ambiente agradable y seguro para los niños a los que obstáculos legales, prejuicios religiosos o la drogadicción de sus padres les impedían continuar con sus estudios.

“La orden del ayatolá Jameneí fue muy importante para facilitar el acceso de estos niños a la educación pública, pero todavía hay muchos fuera del sistema porque sus padres lo desconocen o porque las escuelas se niegan a matricularlos, y ahí es donde intervenimos nosotros", cuenta Nima, mientras las niñas lo interrumpen para pedirle permiso y reunirse por la tarde en la casa de una compañera afgana a la que hace unas semanas que su padre no le permite asistir a las clases.

Besmelah es extalibán que después de la intervención estadounidense en Afganistán se refugió en Irán y trabaja como albañil. Para él, la educación de sus hijas es algo innecesario y admite que solo les ha permitido ir a la escuela por la insistencia de sus amigos iraníes. Se queja de que sus hijas sean discriminadas por sus compañeras por ser suníes o afganas.

“Hay que enseñarles desde pequeños a que se quieran y dejen aparte los prejuicios, que no importa ser iraní o afgano, chií o suní”, subraya Nima muy optimista sobre el futuro. “Algunos de los niños al entrar en este centro evitaban tocarse, pero ahora son amigos y se muestran tolerantes, lo que nos hace falta en Oriente Próximo, una región sumida en las guerras, la drogadicción y por consiguiente la pobreza”, concluye.

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