La genealogía del ISIS (Da’esh)

Publicado el Por Yassin Al-Haj Saleh (author)

 

A pesar de que el autoproclamado Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS o Da’esh) apareció en Siria en 2013, puede rastrearse el origen de su estructura hasta en tres capas históricas a través de tres geografías e influencias, la más antigua de las cuales hunde sus raíces en Afganistán, seguida de Iraq y, más recientemente, de Siria. 

Estas capas deberían interpretarse siguiendo la Political Anthropology de George Balandier, en función de la cual los acontecimientos, prácticas y condiciones más recientes no sustituyen a los anteriores sino que más bien crean nuevas capas adicionales. En su History of Religious Ideas, Mircea Eliade afirma que entre los elementos que comprenden la formación de los fenómenos sociales religiosos, los más antiguos son los más profundos. Por tanto, el que debe observarse es el más reciente de entre dichos elementos porque es con el que el fenómeno interactúa en su entorno concurrente.

La capa afgana

De su experiencia formativa en Afganistán, el Da’esh aprendió un primer método de redes globalizadas. Durante la década de 1980, el primer ejemplo de tal globalización es la “yihad” árabe e islámica en Afganistán antes de que el concepto se extendiera por todas partes en la década de 1990. En aquel tiempo, Afganistán estaba bajo la ocupación soviética y en el último año de la presidencia de Jimmy Carter, la CIA, asesorada por el consejero de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzenzinski, había patrocinado el establecimiento de un movimiento de resistencia islamista (movimiento islámico de resistencia a los soviéticos).

La yihad afgana fue financiada principalmente por los saudíes mientras los estadounidenses fueron quienes proporcionaron las armas. Los servicios de inteligencia saudíes, pakistaníes y egipcios también participaron en su organización y facilitación. En aquel momento, sus gobiernos consintieron en estas acciones; no hubo coerción ni conspiración. Es fundamental tener en cuenta quiénes fueron los primeros patrocinadores de los yihadistas contemporáneos, con EEUU a la cabeza. Aunque la yihad contra los rusos fue una campaña militar llevada a cabo por grupos emergentes, las consultas de inteligencia y la interacción con estos grupos se produjeron a nivel de funcionarios del ejército y la inteligencia, no a nivel de jefes de Estado o ministros de asuntos exteriores.

El movimiento de la yihad afgana estaba integrado por afganos y un gran número de árabes procedentes de Arabia Saudí y Egipto; por sirios que venían de la derrota final de los Hermanos Musulmanes en su lucha contra el régimen de Hafez al-Asad durante los últimos años de la década de 1970 y comienzos de la de 1980; por argelinos, palestinos islamistas, en el contexto de la salida de la OLP de Beirut en 1982; y de muchos otros países árabes. De este grupo de reclutas y voluntarios, surgió el fenómeno de los “afganos árabes” –o “muyajidines”.

Pero el establecimiento de una red islamista para lanzar una yihad contra la Unión Soviética, como algo opuesto a un movimiento secular de emancipación nacional, no surgió de la nada. La posición de la Unión Soviética, rodeada de un arco islámico o “cinturón verde”, estuvo muy presente en el pensamiento estadounidense durante la Guerra Fría. EEUU ha venido utilizando, mediante el patrocinio saudí, el nexo islamista desde la década de 1960, y el derrotero estadounidense contra el nacionalismo árabe y el comunismo también se inició esa misma década. La islamización de Afganistán dio a Arabia Saudí y a Pakistán (este último bajo el liderazgo del general Zia-ul-Haq), un papel destacado en la formación del movimiento yihadista. Ahora es de conocimiento común que la monarquía wahabí, que controla la producción y el precio global del petróleo, es desde hace mucho tiempo un aliado de confianza de EEUU. En aquel entonces, los estadounidenses no sentían preocupación o temor alguno respecto a un reino saudí financieramente rico, militarmente débil y políticamente alineado. Además, después de la revolución iraní y la aparición de islamistas en muchos países árabes, quedó claro que estos últimos podrían utilizarse como categóricos opositores al comunismo soviético, considerado en Afganistán como una fuerza ocupante, pero también en la propia esfera imperial regional de la URSS, como es el caso de las repúblicas islámicas en Anatolia. La misma actitud se tenía dentro del contexto interno de los liderazgos árabes, que mantenían similares puntos de vista. Por ejemplo, Anwar al-Sadat había fomentado la aparición del islamismo en Egipto para desafiar a la izquierda egipcia y consolidar su gobierno, caracterizado por el abandono del naserismo y sus políticas.

A nivel ideológico, Afganistán sirvió como laboratorio para que el wahabismo saudí se encontrara con el qutbismo egipcio, un encuentro que fue a la vez político, personal e intelectual. Políticamente, Arabia Saudí y el Egipto de Sadat, así como Pakistán, eran las partes más entusiastas en el marco del empeño estadounidense para contrarrestar a los soviéticos, y las más ansiosas de facilitar que el ocupado Afganistán se convirtiera en una base de la Yihad islámica contra la URSS. A nivel interpersonal, una proporción importante de los “muyahidines” procedían de Arabia Saudí y Egipto, así como de Afganistán. A nivel intelectual, los saudíes se adherían a la doctrina wahabista, que en 1979, el mismo año en que se ocupó Afganistán, inspiró la ocupación del Gran Mezquita de La Meca por parte de Yuhaiman al-Utaibi y su grupo salafista. Ese año fue también testigo del derrocamiento del Shah de Irán y de la victoria de la revolución iraní, así como de la masacre en la Escuela de Artillería de Alepo por parte de las vanguardias de los Hermanos Musulmanes. En Egipto, durante los últimos años del gobierno de Naser y durante la era de Sadat, apareció y echó raíces el qutbismo, con inclinaciones yihadistas entre sus filas.

Aunque es cierto que la génesis de al-Qaeda, según la conocemos hoy día, se estableció tras la caída de la Unión Soviética y tras su derrota en Afganistán, la yihad afgana fue su experiencia incubadora, o su prehistoria fundacional. La “victoria” en la batalla de Afganistán fue la “victoria” que otorgó legitimidad a unos grupos que habían quedado a la deriva, luchando por encontrar una razón de ser tras la caída de la URSS y porque EEUU había dado la espalda a un Afganistán que quedó destrozado.

La derrota soviética en Afganistán contribuyó de forma importante al colapso de la URSS como polo global, y a su vez, para los estadounidenses, supuso la pérdida de un digno adversario comunista. En aquella época, los islamistas no emprendieron ninguna acción importante contra los intereses occidentales (la violencia árabe dirigida por árabes contra intereses occidentales entre la década de 1950 y los principios de los ochenta se practicó bajo la bandera del nacionalismo palestino, de la izquierda, del nacionalismo árabe y, en una etapa posterior, durante los ochenta, bajo la bandera del chiísmo). Los estadounidenses recurrieron al terrorismo islámico como enemigo alternativo y a la narrativa de la “Guerra contra el Terror” como una gran narrativa en el momento del “colapso de la gran narrativa”, según la formulación expresada por François Lyotard. Podría también decirse que la objeción de Osama bin Laden a la entrada de las tropas estadounidenses en Arabia Saudí en 1990, a raíz de la invasión iraquí de Kuwait, jugó un papel relevante en el desarrollo de esta actitud estadounidense.

En cualquier caso, la guerra contra el terrorismo resultó ser un enorme favor hecho al yihadismo sunní que, a diferencia de su contrapartida chií, carecía de un Estado como punto de referencia y que, a la inversa, ha establecido un Imperio de una red suplente, Al-Qaida. En este contexto, el “nuevo orden mundial” o el sistema internacional unipolar declaraba que el “terrorismo islámico” era su archienemigo, definiéndolo en contraste consigo mismo. En aquel tiempo, y especialmente tras el 11-S, no era raro afirmar que el mundo seguía integrado por dos polos distintos, EEUU y el Terrorismo Islámico. Al-Qaida no podía haber soñado con mejor publicidad/propaganda…

La capa iraquí

La segunda capa, por encima la primera y más antigua, en la aparición de al-Qaeda es la iraquí tras la ocupación de Iraq por EEUU. Los estadounidenses, que habían creado la arcilla con la que se fue moldeando al-Qaeda, justificaron la invasión diciendo que se debía a la cooperación de Sadam Husein con al-Qaeda. Si bien era una mentira explícita, pronto se convirtió en una profecía autocumplida. Mediante la invasión y posterior desintegración del Estado iraquí, y facilitando el dominio chií en un Estado que se reconstruyó desde cero, los estadounidenses dieron paso a un entorno propicio para la actividad yihadista. Además, su atolondrada empresa en Afganistán había dispersado a los yihadistas no afganos más allá de su núcleo original, aparte de haber dado un importante paso adelante impulsando la propaganda de al-Qaeda entre algunos segmentos de la juventud musulmana.

En esta ocasión, el régimen sirio, temeroso de convertirse en el siguiente en la línea de fuego de EEUU, que había invadido dos países en menos de dieciocho meses, desempeñó un papel destacado facilitando la entrada de yihadistas en Iraq. La primera oleada de sirios no estaba en absoluto afiliada a al-Qaeda; más bien estaban motivados por una mezcla de nacionalismo, panarabismo e inclinaciones islamistas en oposición a la hegemonía estadounidense, una actitud que era aceptable para el régimen. Cabe destacar que durante los seis meses en que EEUU estuvo preparando la invasión de Iraq antes del comienzo de la campaña militar, varios intelectuales y artistas sirios visitaron Bagdad y manifestaron su solidaridad en contra de la entonces inminente agresión. Los sentimientos de la primera oleada de combatientes no eran muy diferentes de tal solidaridad, y la mejoría en las relaciones entre los regímenes de Sadam Husein y Bashar al-Asad facilitó esa situación en aquel momento. Quienes combatieron y lucharon no se hicieron de al-Qaeda hasta después del antagonismo estadounidense y al verse excluidos por los nuevos gobernantes chiíes y por la posterior llegada de los herederos de la yihad afgana con sus recuerdos y experiencias.

La propia al-Qaeda pasó por una nueva transformación en el laboratorio iraquí, apareciendo como Al Tawhid Wal Yihad bajo el liderazgo de Abu Musab al-Zarqawi, convirtiéndose en un movimiento que posteriormente juró lealtad a bin Laden, aunque manteniendo su origen y experiencia afganos y su disciplina dentro del paradigma salafista-yihadista. En una etapa posterior, al-Zarqawi formaría “el Estado Islámico de Iraq”, que enfrentó importantes ataques por parte de EEUU, entre ellos el asesinato de su líder en 2006, así como los asedios del “Sahwat al Anbar” [El Despertar], un grupo iraquí sunní de mayoría tribal que recibió también apoyo estadounidense para que combatiera a al-Qaeda. Esta base sunní provocó las iras del grupo de al-Zarqawi, quien emitió pronunciamientos ofensivos contra ellos debido a su odio sectario, tildando a los shiíes de infieles (takfiri). Pero ante todo le interesaba combatir al “enemigo cercano” más que a al-Qaeda. Sahwat consiguió asediar y finalmente casi erradicar la presencia de al-Qaida, pero sus integrantes se vieron pronto marginados, perseguidos y debilitados por el primer ministro Nuri al-Maliki, lo que empujó a algunos de ellos a las filas del Estado Islámico de Zarqawi. Algunos de los que habían formado parte de los servicios de inteligencia y del ejército de Sadam, a quienes se había privado de sus medios de vida y que pertenecían a las comunidades locales discriminadas, también formaron parte o empezaron a cooperar, o disolverse en sus filas, con el Estado Islámico de Iraq.

En esta línea, y en el laboratorio iraquí de la yihad, se desarrollaron las consideraciones, prácticas y relaciones que componen la segunda capa en la formación de lo que llegaría a ser el Da’esh: un elemento sustancial de inteligencia que consolida la naturaleza discrecional de al-Qaeda como imperio de una red globalizada, en la que aparecían antagonismos con los anteriores patrocinadores estatales de la yihad afgana de 1990, cuando las tropas occidentales y estadounidenses se desplegaron en Arabia Saudí en ese año a raíz de la invasión de Kuwait por Sadam. Esta transformación se produjo también tras el abandono de Afganistán, al desmoronarse como Estado tras la retirada soviética, sin que recibiera ayuda sustantiva alguna para su recuperación política y económica. El antagonismo con los anteriores patrocinadores se agudizó después del 11-S, la ocupación estadounidense de Afganistán y la detención y asesinato de los dirigentes de al-Qaeda. Todo esto sucedía en el contexto de lo que Hasan Abu Hanieh y Mohammad Abu Rumman llaman “la crisis sunní”, que se agravó y extendió por todo Iraq, Siria y el Líbano. (De su libro: “The Islamic State: the Sunni crisis and the struggle over internacional Jihadism, 2015).

Del laboratorio iraquí surgió además el proyecto de Estado y las ambiciones de control territorial, a diferencia de la red descentralizada y no regional que era al-Qaida. La “red” pertenecía a la Ummah, mientras que el “Estado” es una aplicación de la doctrina salafista-yihadista en un país, lo que de alguna manera recuerda la aventura comunista del siglo XX.

En realidad, este resultó ser el desarrollo más importante: la transformación de al-Qaeda, la red salafí-yihadista, en un violento “Estado” policial basado en esa doctrina. La gravedad del Estado y la inteligencia/policía (mujabarat) en la composición de esta nueva entidad habían sobrepasado rápidamente la gravedad de la ideología salafista-yihadista, reminiscencia de algún modo de la relación entre la doctrina marxista-leninista y las instituciones y aparatos estatales que desarrolló esta doctrina, al buscar la legitimidad a través de su ideología.

Fue dentro del laboratorio iraquí que se desarrolló el elemento del odio de los chiíes, que no había sido un elemento crucial en la etapa afgana. Y quizá lo más importante, que los dirigentes del “Estado Islámico de Iraq” que evolucionarían más tarde, tras su expansión por el territorio sirio, en el Da’esh, el “Estado Islámico de Iraq y el Levante”, tenían origen iraquí.

La capa siria

El Da’esh como tal sólo apareció en 2013. Como antesala de este surgimiento, los yihadistas de al-Qaeda habían empezado a proliferar en el interior de Siria en 2011, sólo unos meses después del inicio de la revolución siria. En enero de 2012 se anunció la formación de Yabhat al-Nusra. En esta ocasión, la proliferación del yihadismo no fue consecuencia de una ocupación externa, como en los casos soviético en Afganistán o estadounidense en Iraq, sino más bien una “ocupación interna”, una expresión con la que quiero referirme a la respuesta militar cada vez más brutal del régimen dinástico de los Asad contra quienes protestaban. Esta experiencia yihadista se beneficiaría más tarde de la puesta en libertad de los detenidos salafistas por parte de Asad (quizá todos los presos salafistas) que el régimen tenía bajo vigilancia, que empezó en junio de 2011. Hay una clara posibilidad de que el régimen buscara cultivar un movimiento salafista-yihadista de la variedad experimental que con anterioridad fue capaz de controlar (los casos de “Yund al-Sham” y “Fatah al-Islam”), como medio para consolidar apoyos entre el conjunto de pueblos sirios, incluidos los de origen “minoritario”, así como entre diversos estratos sunníes, por no mencionar la reinvención y comercialización del régimen de sí mismo como socio en la “guerra contra el terror”.

En Siria, el proyecto de Estado del Da’esh y sus ambiciones sobre el control territorial y de los recursos eran notorios incluso antes de su intento de expansión territorial en Iraq, que culminó en el asalto sobre Mosul, sobre el que declararon el Califato en junio de 2014. Jugó el papel de Estado policial, oponiéndose celosa y salvajemente a las comunidades locales y a las manifestaciones de las revueltas incluso más aún que en su oposición al régimen sirio. En Afganistán, los muyahidines se habían enfrentado a la ocupación soviética, después se convirtieron al yihadismo y entraron en conflicto con EEUU; en Iraq, los yihadistas se enfrentaron a los estadounidenses y a los gobernantes aliados con EEUU y con Irán; en Siria, su enfrentamiento fue, desde el principio, con la revolución y con las formaciones rebeldes que luchaban contra el régimen. Lo que reforzó más las tendencias fascistas del Da’esh, además del elemento de Estado policial en desarrollo, fue el hecho de que la mayoría de los yihadistas que no eran sirios (los “Mujayirin”) se unieron al Da’esh después de que Yabhat al-Nusra desertara de la formación en abril de 2013 (al-Nusra prometió públicamente lealtad a al-Qaeda en aquel entonces como medio de cubrirse las espaldas yihadistas). Estos mujayirin no tienen conexiones locales en la sociedad siria, que a su vez carece de mecanismos de presión sobre ellos. Son literalmente ocupantes extranjeros. Los iraquíes, así como estos mujayirin, ocupan los puestos de liderazgo del Da’esh en Siria.

Durante año y medio a partir del surgimiento del Da’esh, entre abril de 2013 y septiembre de 2014, el régimen sirio no hizo prácticamente nada para enfrentarse a ellos. Es decir, no hasta que la coalición dirigida por EEUU lanzó su campaña contra el Da’esh en el otoño de 2014, siendo entonces el escenario de esta guerra Iraq en lugar de Siria.

Si el estrato más antiguo y arraigado en la formación del Da’esh fue salafista-yihadista, la reunión de dos de sus ramas, la wahabista y la qutbista en el contexto afgano, y acumulada por encima la capa sunní iraquí influenciada por las prácticas del Estado policía, uno no puede distinguir un elemento fundacional sirio en la composición del Da’esh, aparte quizá del nombre despectivo con el que los sirios se refieren a la organización: “Da’esh”. Por lo demás, no hay ningún elemento ideológico distintivo sirio, ni elementos políticos o de seguridad. El puesto más destacado ocupado por los sirios en la entidad es el del portavoz Abu Muhammad al-Adnani, que es producto del estrato iraquí, sin historial alguno en Afganistán. Le siguen varios juristas locales y funcionarios de seguridad.

¿Es la ausencia de elementos sirios resultado de la novedad del experimento? Quizá. Sin embargo, esto no equivale a afirmar que el Da’esh no se desarrolló en el contexto sirio, o que este contexto sólo tuvo un efecto limitado sobre el Da’esh. Muy al contrario. El Da’esh se formó como “Estado” en Siria, y como Estado ha controlado un territorio en expansión. En Siria, el Da’esh ha desarrollado las características de una colonización basada en asentamientos, el pilar de la cual es la práctica de atraer mujayirin, a los que se instala en residencias cuyos propietarios están en el exilio o han huido, especialmente en Raqqa. Estos yihadistas son premiados materialmente (con casas y esposas, en lugar de meros salarios) de una forma que no es comparable a los yihadistas del Iraq posterior a la ocupación estadounidense. Y aunque puede considerarse que el Da’esh es un híbrido de organizaciones terroristas nihilistas, de Estados policiales fascistas y de colonizaciones de asentamientos, puede decirse que sus atributos coloniales se han desarrollado en el laboratorio sirio, aunque las semillas del Estado fascista se plantaran en el Estado Islámico de Iraq fundado por Abu Musab al-Zarqawi, y de que los elementos terroristas se originaran en la experiencia afgana.

Una faceta económica siria vital del Da’esh como lo conocemos hoy la representa su control sobre el petróleo sirio en DeirEzzor, que genera más de dos millones de dólares de ingresos diarios, según un detallado y bien documentado informe de investigación de la revista local de DeirEzzor “El ojo de la ciudad”, así como el control sobre propiedades privadas y tierras agrícolas en Raqqa y DeirEzzor. Durante la era de Hafez al-Asad, la Alta Mesopotamia recibió un tratamiento como si fuera una colonia interior, y lo mismo ha pasado en la era del Da’esh, que ha desarrollado rápidamente sus propias colonias de asentamientos.

El informe explora también las relaciones petrolífero-comerciales entre el Da’esh y el régimen de Asad a través de la compañía ANISCO, propiedad del empresario George Hasswani.

Con anterioridad, un desarrollo novedoso por el que pasó al-Qaida en Siria fue el enfrentamiento entre al-Nusra y el Da’esh. Nusra tiene una composición más siria y se ha enfrentado verdaderamente al régimen. Sin embargo, también exhibió rápidamente una inclinación a controlar la sociedad local y a desafiar a sus formaciones civiles y otros grupos militantes.

En el laboratorio sirio ha tenido lugar otro fenómeno: la transformación del yihadismo salafí desde la red globalizada de al-Qaeda en Afganistán en un paradigma interorganizacional, abarcando a grupos que en general no eran de al-Qaeda, o incluso eran anti-Al Qaeda, y al Da’esh en particular. En el laboratorio de la yihad siria observamos que el yihadismo salafí se generaliza y prolifera de un modo que aún está desarrollándose, con resultados que son difíciles de predecir, especialmente debido a la intensificación de la campaña de las fuerzas rusas de ocupación. El Da’esh representa ahora la encarnación más completa de este paradigma presionando a otros grupos para que sigan su ejemplo, de forma parecida a las presiones del Estado soviético sobre la red comunista internacional dispersa en docenas de Estados. Estos grupos salafíes (al-Nusra, Ahrar al-Sham, Yund al-Aqsa, Yaish al-Islam) pueden oponerse políticamente al Da’esh, pero se hallan en el campo gravitatorio de la materialización del método doctrinal e intelectual, haciendo que sea más difícil enfrentarlo. Esta realidad ayuda a explicar por qué estas organizaciones dudan a la hora de enfrentarse al Da’esh, como recoge el informe de “El ojo de la ciudad”.

El informe menciona el tono al borde de la súplica de un comunicado conjunto emitido por Yabhat al-Nusra, Ahrar al-Sham y Yaish al-Islam en DeirEzzor el 28 de noviembre de 2013, en el que abogan, con Abu Bakr al-Baghdadi, para “aplicar la jurisprudencia” en la “solución de la disputa” sobre el control de una planta de gas natural, “despreciar la sedición y enfrentarse a los provocadores”. Esto se produjo mientras Yabhat al-Nusra tenía mil combatientes en DeirEzzor y un número mayor en las “brigadas aliadas”, ¡mientras que los efectivos del Da’esh no superaban los 200! Esto se repitió en Raqqa a principios de 2014, cuando la expulsión del Da’esh de la ciudad todavía parecía posible. Sin embargo, Ahrar al-Sham rehuyó los enfrentamientos con el Da’esh a fin de “evitar un baño de sangre musulmana”. Aunque el Da’esh no dudó en derramar la sangre de más de 120 combatientes de Ahrar al-Sham, que en aquel momento estaban ya retirándose. El problema entonces no tiene que ver con el poderío militar; se trata de la hegemonía, así como el poder de las creencias doctrinales y la claridad del objetivo político, que provienen de la retención de la autoridad para definir qué es realmente Islam. Con esta autoridad, el Da’esh reprende a los oponentes que se niegan a unirse a sus fuerzas y que no logran desarrollar un modelo alternativo.

Quizá la mala suerte de Siria fue que los estadounidenses aprendieron estas dos lecciones “de memoria” tras su retirada de Iraq y Afganistán. De Iraq aprendieron que hay que preservar las instituciones del “Estado”, las mismas instituciones que habían desmantelado y disuelto en el apogeo de su fervor neoconservador, con la excepción del Ministerio del Petróleo, cuyos cuadros fueron despedidos sólo después de la machacona insistencia de sus aliados, los partidos de oposición chiíes. Respecto a Siria, la única constante en la política en la política estadounidense durante los últimos cinco años parece haber sido la de frenar la caída del régimen de Asad, que ocupa las instituciones estatales y las explota para asesinar a sus súbditos. La lección aprendida de Afganistán fue la aversión a atacar directamente los enclaves yihadistas para evitar su dispersión y proliferación por todos los rincones del mundo. Obama reiteró personalmente esto mismo en noviembre de 2015, lo cual se ajusta al lento y deliberado enfoque estadounidense e internacional para combatir al Da’esh. En estos momentos, esa estrategia parece girar en torno al asedio más que a la disolución de la entidad asesina. Esto significa que el Da’esh va a “permanecer” a corto plazo, aunque sin una “expansión” importante.

Quedan por debatir las extensiones periféricas del Da’esh en sitios alejados de su centro iraquí-sirio, en Libia, Egipto y otros lugares, pero no disponemos de información amplia al respecto.

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Por otra parte, este artículo no pretendía debatir la aparición del fenómeno, que ha sido bien investigado, ni su anterior desarrollo. Sin embargo, aunque limitamos nuestra discusión a las capas históricas, parece que las capas anteriores no conservan su significado sino con el impacto de experiencias posteriores y novedosas, mezclándose con posiciones actuales, roles y contextos sociales. Si sucediera que el pasado antiguo se reviviera después de haberlo subestimado y olvidado, se debería a quienes lo resucitan o ven la necesidad de revivirlo. La inclinación humana a reclamar o volverse a apropiar del pasado y “resucitarlo” excede ciertamente nuestra inclinación de inventiva. De ahí que la historia no cese nunca de repetirse a sí misma.

Esto quiere decir que el Da’esh es la capa más exterior del yihadismo salafí, y que su capa siria imperialista siria domina sobre su capa iraquí estatista-policial. Si no consigue evolucionar dentro de lo que le impone la capa más reciente, está obligado a disolverse y perecer.

Esto también sugiere que la red que no evoluciona en Estado es finalmente desmantelada, y que al-Qaeda ha llegado a un callejón sin salida, enfrentada a la opción de o Da’eshifarse, que es una tentación a la que al-Nusra parece resistirse, o esperar a ser efectivamente marginada de la lucha.

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En conclusión, la capa más interna en la génesis del Da’esh conserva una formulación retórico-intelectual consistente, proveniente de Egipto, junto con una tendencia ultraconservadora y profundamente patriarcal, como legado de Arabia Saudí, que tenía abundante capital rentista emanado del auge petrolero de 1974. Desde la capa iraquí, el Da’esh estuvo sometido a una nueva conmoción y a un fuerte elemento de policía-Estado, y, desde la capa siria, ha desarrollado una dimensión imperialista, siendo la brecha existente entre un yihadista migrante y un mercenario cada vez más estrecha.

Nada de esto tiene que ver con la emancipación ni se relaciona, ni siquiera remotamente, con la identidad, autoafirmación o con el desmantelamiento de la desposesión, y mucho menos con la lucha perseguida por la política, tierra y riqueza por parte de quienes son más poderosos. El Da’esh es una degeneración que asola nuestra sociedad debido a la prolongada manipulación religiosa y política por parte de agresivas potencias internacionales y de poderes regionales sin causa ni principios.

El Da’esh, que nació de nuestra opresión, no tiene un futuro sostenible. Sin embargo, sólo perecerá cuando nos emancipemos de esa misma opresión.

 

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