El arriesgado juego de Trump con Irán

Publicado el Por Amir Handjani (author)

Imagen de Donald Trump el 29 de octubre de 2016
Imagen de Donald Trump el 29 de octubre de 2016

 

Las tensiones entre Irán y Estados Unidos aumentan rápidamente. Este fin de semana, los buques de guerra iraníes y estadounidenses volvieron a enfrentarse en el Golfo Pérsico. La semana pasada, el Congreso impuso sanciones adicionales a las personas y empresas asociadas con el programa de misiles balísticos de Irán y por “apoyo al terrorismo”. Como respuesta, Irán disparó un misil de prueba al vacío. Las fuerzas respaldadas por Washington y Teherán continúan librando guerras por todo Oriente Medio, desde Siria hasta Yemen.

Sin embargo, hay un área en la que ha disminuido la tensión entre Irán y Occidente: el programa nuclear de Teherán. Hasta ahora, la Agencia Internacional de Energía Atómica ha informado de siete ocasiones en las que Irán ha cumplido con sus compromisos del acuerdo. Los socios de EEUU en la negociación, la UE, Rusia y China, también han confirmado los cumplimientos de Irán. También lo ha hecho el gobierno de Trump dos veces.

Pero Trump quiere abandonar el acuerdo, independientemente de si Irán continúa considerando los términos del Plan de Acción Conjunto. Se mostró reacio a certificar el cumplimiento de Irán con el acuerdo, y el New York Times informó la semana pasada de que el presidente declaró a sus asesores que le gustaría encontrar una razón para burlar el acuerdo multilateral.

Si Trump sigue por este camino, sus acciones casi aseguran un aumento de las hostilidades con Teherán. Podría obligar a los líderes iraníes a creer que las armas nucleares son esenciales para su supervivencia. Esta es precisamente la situación a la que se enfrenta ahora Estados Unidos con Corea del Norte, que, prácticamente, mantiene a Asia Oriental como rehén debido a su arsenal nuclear.

Existen claras similitudes entre la respuesta de Trump en 2017 al acuerdo con Irán dirigido por Barack Obama y la reacción de George W. Bush en 2001 al Marco Acordado con Corea del Norte que firmó Bill Clinton.

Entonces, al igual que ahora, un presidente neófito estaba decidido a trazar un nuevo rumbo en la política exterior para distinguirse de su predecesor. Y, al igual que ahora, Bush hizo un extenso examen político al dossier de Corea del Norte.

En aquel momento, el gobierno de Bush afirmó tener pruebas de un programa encubierto de obtención de uranio, que hubiese violado el acuerdo. En lugar de crear una coalición internacional para obligar a Pyongyang a adherirse a los términos del acuerdo, la administración decidió abandonar la diplomacia.

En 2005, al darse cuenta de que Pyongyan pretendía construir un arma nuclear, Bush trató de negociar un acuerdo de desarme más completo, pero era demasiado tarde. Quizás, al ver lo que sucedió con el Irak de Saddam Hussein, los líderes de Corea del Norte se decidieron por adquirir armas nucleares como seguro para su supervivencia. Un año después, probaron su primer arma.  

A diferencia de Corea del Norte en 2001, no hay duda de que Irán está cumpliendo con los términos del acuerdo para dedicar su programa nuclear a fines pacíficos a cambio del levantamiento de las sanciones relacionadas con la energía nuclear. La JCPOA exige un riguroso régimen de inspección por parte de la Agencia Internacional de Energía Atómica para asegurarse de que Irán no pueda participar en actividades que contribuyan al desarrollo de un dispositivo explosivo nuclear, y prohíbe a Irán obtener armas nucleares a perpetuidad. Aunque ningún acuerdo de control de armas es perfecto, la pregunta que debería hacerse Trump es: ¿Qué alternativas hay?

Sin el acuerdo nuclear, Washington y sus aliados tendrían menos acceso y menos restricciones en el programa nuclear de Teherán. Mientras Irán cumpla con sus compromisos, todo intento de EEUU para ocultar sus propias obligaciones en el acuerdo será considerado “irracional” por parte de la comunidad internacional. Esto erosionaría la capacidad de las futuras administraciones estadounidenses para negociar con credibilidad con un aliado o enemigo por miedo a que Washington pueda abandonar sus compromisos cada vez que un nuevo presidente ocupe la Casa Blanca.

Es una diferencia radical con respecto al enfoque del presidente Obama de involucrar a Irán bilateral y multilateralmente, y tener aliados en Europa y Asia de acuerdo con Washington en cuanto a sanciones y negociaciones. Europa está mucho más dispuesta a mantener el acuerdo con Irán, y la intransigencia de Trump podría causar daños irreparables a las relaciones trasatlánticas.

Si Irán hiciese el mismo cálculo que Corea del Norte – deduciendo que el objetivo de Washington no es limitar su programa nuclear, sino salirse del acuerdo nuclear como pretexto del cambio de régimen – Teherán podría considerar las armas nucleares como un elemento disuasorio, al igual que hizo Pyongyang hace una década. Esto podría poner al gobierno de Trump en la posición de lanzar ataques militares que podrían involucrar a EEUU en otra guerra con Oriente Medio.

Trump ha dicho en varias ocasiones que está en contra de la invasión de Irak, aunque algunas declaraciones previas a su elección sugieren lo contrario. Sin embargo, ha calificado la guerra como una “desestabilización de Oriente Medio”, y ha dicho que EEUU “debería dejar de intentar derrocar a los regímenes extranjeros de los que no sabemos nada”. Trump debería seguir sus propios consejos.

Irónicamente, la presidencia de Trump podría imitar la trayectoria del hombre que tanto ridiculiza: George W. Bush; la de un presidente que manufacturó una crisis, inició un conflicto interminable y empeoró la situación de Estados Unidos en el mundo.

No hay escasez de asuntos urgentes que deberían mantener al presidente despierto por las noches. Daesh, Siria, las armas nucleares en Corea del Norte, la expansión china en el Mar de China Meridional y la intromisión de Rusia en Europa del Este y los países bálticos, por nombrar algunos. La administración de Trump debería aprender del pasado e intentar mantener el trato.

 

 

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