El terrorismo que viene: La historia del Daesh aún no ha terminado

Publicado el Por Ramzy Baroud (author)

Las fuerzas de seguridad iraquíes muestran ropas pertenecientes a miembros de Daesh tras la liberación de Mosul, Irak el 9 de julio, 2017 (fotografía: AA)
Las fuerzas de seguridad iraquíes muestran ropas pertenecientes a miembros de Daesh tras la liberación de Mosul, Irak el 9 de julio, 2017 (fotografía: AA)

 

La segunda mayor ciudad de Irak, Mosul, ha quedado reducida a escombros. Al fin ha sido conquistada, arrebatada de las manos del Daesh, después de meses de bombardeos despiadados por parte de la coalición de guerra estadounidense, y de una masiva guerra terrestre.

Pero ‘victoria’ no es el término que podría asignarse a este momento. Mosul, que fue una vez la joya cultural de Irak y su modelo de coexistencia, ahora es una ‘ciudad de cadáveres’. Así lo describe un periodista extranjero que caminó por las ruinas, mientras se tapaba la nariz para no oler el fétido hedor.

“Probablemente sabéis que han matado a miles, que los civiles sufren”, cuenta Murad Gazdiev. “Lo que probablemente no conocéis es el olor. Es nauseabundo, repulsivo, y está por todas partes – el olor a cuerpos podridos.”

En realidad, el “olor a cuerpos podridos” puede encontrarse allá donde el Daesh ha sido derrocado. El grupo que declaró un Califato – un Estado islámico – en Irak y Siria en 2014 y que se expandió en todas direcciones ahora está siendo rápidamente vencido.

Este hecho nos deja preguntándonos cómo un grupo pequeño, una rama de otros grupos, pudo haber declarado, extendido y mantenido un ‘Estado’ durante años, en una región repleta de ejércitos extranjeros, milicias y las fuentes de inteligencia más poderosas del mundo.

Pero, ¿acaso no debería volverse esta pregunta irrelevante ahora, teniendo en cuenta que el Daesh finalmente está siendo derrotado, con los métodos más violentos y decisivos?

Pues bien, esto parece ser en lo que casi todo el mundo se pone de acuerdo: incluso los rivales políticos y militares se unen abiertamente con este objetivo.

Además de la ciudad iraquí de Mosul, Daesh también ha sido derrocado en la ciudad de Raqqa, en el este de Siria.

Los que, asombrosamente, sobrevivieron a las batallas de Mosul y Raqqa se esconden en Deir ez-Zor, que promete ser su última gran batalla.

De hecho, la guerra contra el Daesh ya se desplaza a áreas alejadas de los grandes centros de población, donde el grupo militante había buscado un refugio seguro. Sin embargo, los militantes del Daesh están siendo expulsados de estas regiones, como por ejemplo en la zona oeste de Qalamoun, en la frontera entre Siria y Líbano.

Ya ni siquiera es seguro el desierto. El desierto de Badiya, que se extiende desde Siria central hasta las fronteras con Irak y Jordania, vive una intensa lucha cuyo núcleo es la ciudad de Sukhnah.

Brett McGurk, enviado especial de EEUU para la ‘Coalición Global Contra el ISIS (Daesh)’, regresó hace poco a Estados Unidos tras unos días en la región. Habló con la cadena televisiva CBS con una confianza palpable.

Dijo que las fuerzas del Daesh están “luchando por su vida, bloque por bloque”, informando de que el grupo militante había perdido un 78% de las zonas controladas en Irak desde su mayor ocupación en 2014, y un 58% del territorio en Siria.

Como era de esperar, los funcionarios y medios estadounidenses enfatizan en los éxitos militares que atribuyen a las fuerzas de EEUU, ignorando al resto, mientras que Rusia y sus aliados hacen justo lo contrario.

Aparte de las numerosas tragedias humanitarias asociadas con estas victorias, ninguna de las partes involucradas se ha responsabilizado del ascenso del Daesh, para empezar.

Tienen que hacerlo, y no solo por una cuestión de responsabilidad moral. Sin comprender y sin enfrentarse a las razones detrás del ascenso del Daesh, está claro que la caída del Daesh engendrará a otro grupo con una visión igualmente nefasta, violenta y desesperada.

Quienes han intentado llegar a las raíces el Daesh en los principales medios de comunicación enfrentan imprudentemente sus influencias ideológicas, sin prestar la más mínima atención a la realidad política de la que surgió el grupo.

Ya sea Daesh, Al-Qaeda o cualquier otro, estos grupos suelen nacer y renacer en lugares que sufren de la misma dolencia crónica: un gobierno central débil, una invasión extranjera, una ocupación militar y terrorismo estatal.

El terrorismo es el subproducto de la brutalidad y la humillación, independientemente de la fuente, pero es más pronunciado cuando esa fuente es extranjera.

Si estos factores no se abordan de verdad, no se podrá poner fin al terrorismo.

Por lo tanto, no debería sorprendernos que Daesh fuera moldeado y prosperara en países como Irak, Siria, Libia y regiones como el desierto del Sinaí. Además, muchos de los que respondieron a la llamada del Daesh también emergieron de comunidades que sufrían la crueldad de despiadados regímenes árabes, o eran abandonadas, odiadas y alienadas en las sociedades occidentales.

La razón por la que muchos se niegan a reconocer este hecho – y que pelearían con uñas y dientes para desacreditar tal argumento – es que la admisión de la culpa responsabilizaría a muchos de la creación del mismo terrorismo contra el que afirman luchar.

Aquellos que se conforman con culpar al Islam, una religión que fue uno de los principales factores contribuyentes al renacimiento cultural europeo, no sólo son ignorantes; muchos de ellos están influidos por agendas criminales. Pero su estúpida noción de culpar a la religión es tan estúpida como la mal definida “guerra contra el terrorismo” de George W. Bush.

Los juicios al por mayor y sin información tan sólo prolongan el conflicto.

Además, las nociones generalizadas evitan que intentemos destapar vínculos específicos y muy obvios, como, por ejemplo, entre la creación de Al-Qaeda en Irak y la invasión estadounidense de ese país; entre el ascenso de la rama sectaria de Al-Qaeda con Abu Musab al-Zarqawi y la división sectaria de ese país bajo el administrador estadounidense en Irak, Paul Bremer, y sus aliados en el gobierno chií en Bagdad.

Debería haber estado claro desde el principio que el Daesh, tan notoriamente violento como es, fue uno de los síntomas, no la causa. Al fin y al cabo, Daesh sólo tiene tres años. La ocupación extranjera y la guerra en la región preceden a su creación por muchos años.

Aunque nos dijeron – el propio Daesh, pero también varios expertos mediáticos – que el Daesh estaba aquí para quedarse, parece que el grupo no es más que una fase pasajera de un terrible y largo montaje, lleno de violencia y desprovisto tanto de moral como del coraje intelectual para examinar las verdaderas raíces de la violencia.

Es probable que la victoria contra el Daesh sea efímera. Sin duda, el grupo desarrollará una nueva estrategia. La historia nos lo ha enseñado.

También es probable que aquellos que se acreditan con orgullo la aniquilación sistemática y eficiente del grupo – junto a ciudades enteras – no pararán ni un momento a pensar en qué deben hacer para evitar que el Daesh adopte una nueva forma.

Curiosamente, la ‘Coalición Global Contra el ISIS’, liderada por Estados Unidos, parece tener acceso a las armas necesarias para convertir ciudades en escombros, pero no a la sabiduría para comprender que la violencia incontrolada no inspira más que violencia; y que el terrorismo estatal, las intervenciones extranjeras y la humillación colectiva de naciones enteras son los ingredientes necesarios para hacer que comience un nuevo baño de sangre.

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