Pelea en el interior de la República Islámica

Publicado el Por Francisco G. Basterra (author), El País (author)

Manifestantes corean consignas contra los activistas antigubernamentales, contra EE.UU e Israel, empuñando un afiche del ayatollah Jomeini durante una marcha en Teherán (Irán), el pasado 5 de enero (fotografía: AFP)
Manifestantes corean consignas contra los activistas antigubernamentales, contra EE.UU e Israel, empuñando un afiche del ayatollah Jomeini durante una marcha en Teherán (Irán), el pasado 5 de enero (fotografía: AFP)

 

Vivimos en un mundo en el que la información mana tecleando Internet y pensamos, ingenuamente, que sabemos y comprendemos lo que pasa en cualquier lugar del planeta. Y no es cierto. Los sucesos de la última semana en Irán —protestas callejeras en más de 20 ciudades, impulsadas primero por clérigos del régimen, convertidas después en un ataque a la República Islámica, y finalmente apagadas por decreto de los Guardianes de la Revolución, cuyo jefe declaró el fin de la “sedición”— demuestran la profundidad de nuestro error.

Irán es un país estratégico en el corazón de la región más conflictiva del mundo, con vastas reservas de petróleo y de gas, con 81 millones de habitantes, el 60% menor de 30 años, gobernado por unos clérigos barbudos con turbante, que interpretan la voluntad de Alá y que pactaron con la comunidad internacional detener su programa nuclear. A día de hoy tenemos más preguntas que respuestas. ¿Es un tira y afloja entre reformistas y conservadores dentro del sistema? ¿O es una contrarrevolución para acabar con la revolución islámica establecida por Jomeini hace 39 años?

Son, al parecer, jóvenes, la tercera generación de la revolución, de clase trabajadora que sufren un alto desempleo, los que han alimentado el estallido. Sin un liderazgo político visible. Las clases medias, que protagonizaron en 2009 la revuelta del Movimiento Verde contra un pucherazo electoral, se han mantenido al margen. El presidente reformista Rohaní, con un discurso en diciembre, aceleró a la calle. Denunció los exagerados presupuestos de instituciones religiosas, o militares, como los Guardianes de la Revolución, desviando dinero para intervenciones en el extranjero: Siria y Líbano. Nadie está por encima de la ley, tampoco el profeta del islam, advirtió Rohaní, que aplica una política de austeridad y ha suprimido los 13 dólares mensuales de ayuda que reciben 77 millones de iraníes. El 55% de la población vive bajo el umbral de la pobreza.

Las expectativas de más empleo y un desarrollo económico más equitativo, provocadas por el segundo mandato de Rohaní, el acuerdo nuclear con Occidente y el restablecimiento de la industria petrolífera, no se han cumplido. La macroeconomía ofrece buenos parámetros, pero no se traducen en la vida de la gente. La chispa inicial, la subida del 50% del precio de los huevos —tras un episodio de gripe aviar—, no explica por sí sola el estallido de los disturbios. Los gritos en la calle han ido desde “muerte a Rohaní”, “fuera la dictadura de Jamenei”, hasta “abajo el régimen islámico”.

Los sucesos de Irán, que extrañamente se han autoapagado, alimentan la sospecha de que se trata más de una pelea entre élites del sistema, hoy controlado por los reformistas, que se ha desbordado a la calle. Es atractiva la idea de que los Guardianes de la Revolución, un auténtico Estado económico y militar dentro del Estado, hayan querido dar un aviso a Rohaní. Algo se mueve en Irán, pero no es el Egipto revolucionario de 2012.

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