60 años de vergüenza: Los campos palestinos en el Líbano

Publicado el Por Victoria Britten (author), Middle East Eye (author)

Lugar(es): Beirut

Niñas palestinas en el campamento de refugiados de Nahr Al-Bared (fotografía: AFP)
Niñas palestinas en el campamento de refugiados de Nahr Al-Bared (fotografía: AFP)

 

Durante décadas, los campos de refugiados palestinos en el Líbano han sido, por derecho propio, un mundo oscuro, con una atmósfera cotidiana más deprimente que la de Gaza y las abominables masacres y asedios de las milicias libanesas hace 30 y 40 años en Tal el Zaatar, Shatila y otros campos, que han quedado eclipsadas en la conciencia de los medios de comunicación por el asedio y los ataques violentos israelíes de las últimas décadas a Gaza.

Los palestinos que han huido de la guerra de Siria en los últimos meses y años (al menos 45.000) se han encontrado en el Líbano con una situación mucho más desalentadora de la que esperaban hallar, y a la que la comunidad internacional ofrece una respuesta vergonzosamente insuficiente.

Los lugares de reunión no registrados de los refugiados sirios en las tierras agrícolas del valle de Beqaa acogen las tiendas, caravanas y chabolas de madera y aluminio que sirven de refugio a multitud de palestinos: viudas con muchos niños pequeños, mujeres mayores que han perdido el contacto con el resto de su familia, niños separados de sus padres y hombres agotados y demacrados que buscan desesperadamente un trabajo con el que alimentar a sus familias y solo encuentran tajo como jornaleros ocasionales, lo que no les permite ni siquiera cubrir sus necesidades alimentarias, y mucho menos pagar un alquiler, la electricidad y mantas y chaquetas abrigadas que les protejan del frío del invierno.

No son los rostros de personas que recurran fácilmente a la mendicidad: muestran desesperación y vergüenza cuando se aproximan a los forasteros, cargando a sus hijos en brazos, para pedir ayuda. Hace 10 años, cuando se encontraban en Siria, los hijos de las familias de refugiados palestinos que vivían en campos como el de Yarmouk caminaban hasta la escuela desde hogares limpios, tenían buenas calificaciones en clase, acudían a la universidad y después encontraban trabajo –como sus padres-, lo que les proporcionaba seguridad y dignidad.

Pero en el Líbano se han encontrado con un mundo irreconocible. El equilibrio entre las sectas está consagrado por la constitución libanesa: el presidente debe ser cristiano; el primer ministro, musulmán suní; y el portavoz del parlamento, musulmán chií. Desde hace décadas, cuando llegó al país el primer flujo de refugiados palestinos producido por la creación violenta de Israel en 1948, la clase política libanesa está convencida de que la nueva población palestina mayoritariamente suní no debe poder disfrutar de plenos derechos civiles por miedo al modo en que su inclusión afectaría a dicho equilibrio sectario.

El Líbano apoyó el derecho de los palestinos a regresar a sus tierras no por principios, sino por miedo a que esta población refugiada se asentara en su país. El temor a ese reasentamiento está detrás de la negación de los derechos civiles básicos a los palestinos. Este acuerdo implícito subyace en el modo en que los libaneses han considerado, durante decenios, que los campos de refugiados palestinos eran una amenaza a su seguridad, desde mucho antes de que los combatientes de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) fueran obligados a abandonar el país con destino a Túnez en 1982.

Las rivalidades entre facciones se mantienen y la violencia estalla periódicamente en algunos campos, una violencia que por lo general controlan las propias unidades armadas de dichos campos, ostensiblemente bien entrenadas y respetadas en las calles. En la actualidad existen puestos de control del ejército libanés en los accesos a campos como los de Nahr el Bahred, Ein El Hilweh y Burj el Shamali. Una de sus funciones es impedir que los refugiados puedan introducir materiales de construcción en los mismos para mejorar las condiciones deterioradas de las viviendas.

La legislación libanesa y los decretos ministeriales especifican que los refugiados no tienen garantizado el derecho al trabajo, a la seguridad social o a afiliarse a un sindicato. Existen en el país al menos 25 zonas en las que el trabajo está prohibido para los palestinos, incluyendo profesiones relacionadas con la medicina, el derecho, la ingeniería y la farmacia, y está vedado el derecho a la propiedad de la tierra.

Cualquier joven libanesa se lo pensará mucho antes de de casarse con un hombre palestino, sabiendo que sus hijos no tendrán derecho a su nacionalidad ni a pasaporte y que se convertirán en ciudadanos de segunda clase en su propio país, con pocos derechos u opciones de futuro y un pasaporte solo válido para unos pocos países.

Los jóvenes palestinos que tienen la suerte de tener una madre libanesa no pueden conseguir su nacionalidad, pero pueden tener un hogar, registrado a nombre de su madre, y pueden estar entre el 50 por ciento aproximadamente de los 455.000 refugiados registrados en el Líbano que viven fuera de los 12 campos reconocidos. Aquellos que cuentan con una educación superior y ciertos recursos a menudo se las arreglan para encontrar maneras creativas de sobrevivir, con dificultades. Pero hay una explícita fuga de cerebros, ya que muchos de los mejores tienden cada vez más a abandonar el país si encuentran el modo de hacerlo (véase el meticuloso trabajo de investigación de Diana Allen, Refugees of the Revolution, Stanford University Press, 2014).

Los abarrotados y empobrecidos campos de 1948-1949 (Nahr el Bahred en el norte, Shatila y Burj el Barajneh en Beirut, Ein el Hilweh y Burj el Shemali en Saida y Tyr en el sur del país) se encuentran en la actualidad todavía más atestados de gente por la llegada de gran parte de los estimados 45.00 palestinos sirios, que se desplazan desde el Valle de Beqaa hasta los campos de la costa. Se calcula que el 70 por ciento de estos adultos son mujeres que cuentan cómo sus maridos e hijos han sido asesinados o, en el mejor de los casos, han tomado la larga senda en busca de trabajo con destino a Europa o han regresado a Siria.

En estos campos, los recién llegados viven en medio de residentes ya desposeídos, inmersos en un ciclo de pobreza y dependencia: una viuda con cuatro hijos adolescentes, uno de ellos con cáncer, vive en una habitación encima de un apestoso refugio para animales; una madre de cinco hijos vive en una habitación heladora que carece de ventana y uno de los niños ha optado por dormir en un cementerio cercano con un grupo de otros chicos. En todas las casas, las mujeres mencionan que el abandono escolar y el desempleo son crónicos, de un niño que precisa apoyo escolar pero no puede conseguirlo, de otra que recibió una beca que perdió por carecer de dinero para el viaje hasta la institución que se la ofrecía, y de depresiones profundas. Miles de iniciativas nacionales e internacionales ofrecen pequeños salvavidas a los discapacitados crónicos y los más necesitados. Afuera, los cables eléctricos forman marañas sobre todas las calles; el suministro de agua, los desagües y alcantarillas son viejos, están sobrecargados y suponen riesgos sanitarios constantes, tal y como lo han sido durante decenios.

Hace dieciséis años, al ver a un grupo de extranjeros con cuadernos, un hombre nos gritó: “Sí, venid a ver cómo estamos. Mirad. Mirad. Luego marchaos y escribir que aquí vivimos como perros, como perros”. Yo quedé anonadada y sus palabras furiosas nunca se me han ido de la cabeza. Nadie debería estar condenado a vivir así. Lo peor de todo es saber que sus hijos y nietos vivirán esa misma vida. O peor.

En los campos, mujer tras mujer hablan del terrible modo en que la prolongada y acentuada crisis de recursos de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo) afecta a sus familias. Actualmente ya no hay fondos para los tratamientos, medicinas y operaciones más necesarios. Las manifestaciones de protesta frente a las oficinas de la UNRWA (incluyendo una reciente en la que un hombre se prendió fuego) forman parte de la desesperada rutina diaria. La organización se encuentra absolutamente sobrepasada y sus cinco áreas de trabajo están en situación crítica. El último otoño, las escuelas de la UNRWA de toda la región estuvieron a punto de no reabrir tras las vacaciones estivales, lo que habría dejado a 500.000 niños en las calles sin posibilidad de asistir a clase.

La UNRWA se basa en una estructura financiera que depende en su 97 por ciento de subvenciones y contribuciones voluntarias que ya no es sostenible, pero la sociedad civil palestina es la única que ejerce presión para que dicho sistema cambie sustancialmente.

El último otoño, el Consejo de Organizaciones de Derechos Humanos Palestino, que agrupa a 21 respetadas organizaciones, solicitó a la Asamblea General de la ONU y a su secretario general que aprobaran una resolución que obligara a los estados a financiar la UNRWA con el presupuesto general de la ONU.

También solicitaron una ampliación de su mandato para acabar con el actual vacío de protección legal para los palestinos refugiados, que no poseen los mismos derechos que otros refugiados acogidos por el ACNUR (como reflejo de la percepción que se tenía del UNRWA en 1948, como solución temporal). Pero ninguna autoridad palestina ha tenido el coraje de forzar la inclusión de estos puntos en la agenda, prefiriendo condenar a una generación más de palestinos a vivir vidas que nadie debería vivir.

Frente a este contexto tan desalentador se alzan pequeñas iniciativas locales de jóvenes palestinos, sirios y libaneses que han transformado algunos rincones en medio de la crisis y deberían avergonzar a la impotencia mundial.

En un pequeño callejón de Shatila se encuentra Basmeh y Zeitooneh, una ONG fundada por un grupo de sirios. Dos años de trabajo con artistas y actores han contribuido a convertirla en un dinámico centro comunitario con 700 niños y niñas entusiastas, la mayoría escolarizados por primera vez, una biblioteca, y un grupo de madres que tienen su primera oportunidad de aprender a leer y a escribir, a bordar, a efectuar reformas en las viviendas y acceso a un pequeño centro de apoyo a nuevas empresas.

Y en Saida, a una hora de distancia, en la costa, una escuela secundaria recién construida para refugiados sirios, Al Insani, donde trabajan profesores procedentes de Siria, Líbano y Palestina ofrece enseñanza de forma gratuita en un entorno creativo, lo que permitirá que estos niños, al menos, no se conviertan en la “generación perdida” que han previsto para ellos quienes desde el exterior patrocinan la guerra de Siria.

Victoria Britten trabajó muchos años como periodista para The Guardian y ha vivido y trabajado en Washington, Saigon, Argel, Nairobi. Es autora de numerosos libros sobre África, obras de teatro sobre la prisión de Guantánamo, etc. Está en la junta directiva del Instituto de Relaciones Raciales, patrocinadora de Palestine Solidarity y confundadora de Action for Palestina Children.

Article rating:

datos de la votación

0 Respuesta(s) a “60 años de vergüenza: Los campos palestinos en el Líbano”

Dejar una respuesta