Los países del Golfo no entienden de refugiados

Publicado el Por Adela M. Alija (author)

Una niña en un campamento de refugiados iraquíes (fotografía: Reuters)
Una niña en un campamento de refugiados iraquíes (fotografía: Reuters)

 

Aunque ya no abra los informativos o la primera página de los periódicos, la crisis de los refugiados persiste como una de las crisis humanitarias más graves de la contemporaneidad.

La magnitud y complejidad de los desplazamientos de población hoy hacen que los conceptos relacionados con las migraciones y los términos que los designan se vuelvan confusos, porque no explican bien las nuevas realidades. El hecho de que los flujos migratorios suelan ser mixtos (personas que escapan de las guerras junto con migrantes económicos) dificulta aún más una solución, así como una mejor gestión de ayuda y acogida.

En el caso de la Unión Europea, las tensiones internas, agravadas por la crisis económica y la ambigüedad de las posiciones institucionales, han contribuido a acrecentar esta crisis humanitaria derivada de la situación de conflicto generalizado en Oriente medio y, fundamentalmente, de la guerra en Siria.

Esta crisis ha vuelto a mostrar las disensiones entre los Estados miembros y la dificultad para lograr una política exterior y de seguridad común, está poniendo en peligro algunos de los principios básicos del proyecto europeo, como la libertad de circulación de las personas y el respeto a los derechos humanos (con la confusión entre migrantes y refugiados, en detrimento de todos), y ha venido a acentuar la crisis económica, política e institucional de la UE.

Aunque son la consecuencia y no la causa de los conflictos, los refugiados son percibidos como una fuerza desestabilizadora del sistema internacional (no sólo en la UE, espacio de seguridad y bienestar, sino en la mayor parte de los escenarios mundiales) y como un fenómeno que atenta contra la seguridad de los Estados.

La UE dispone de instrumentos jurídicos y políticos que servirían para hacer frente a la crisis de refugiados, pero la normativa sigue sin incorporar la compleja realidad de los movimientos migratorios actuales, por lo que es necesario recurrir a fórmulas ad hoc que dependen de la voluntad y de la capacidad de los distintos niveles de gobernanza (local, estatal, regional).

A pesar de todo, la UE está recibiendo refugiados en un número sin precedentes,está financiando programas de desarrollo y campamentos de refugiados en las áreas de conflicto, creando Fondos Fiduciarios, así como mecanismos de cooperación cuyo éxito depende de que haya “más Europa” y no menos.

Los refugiados que huyen de la guerra Siria y del resto de las guerras de Oriente Medio, optan por venir a Europa, afrontando los riesgos que ello implica y pagando un alto precio, incluso la vida; por ello es lógico que nos hagamos una pregunta recurrente: ¿por qué no van hacia los ricos países del Golfo Pérsico con los que comparten lengua, religión y cultura? Una respuesta simple es que estos países han dicho claramente que no acogen refugiados en su territorio.

Ninguno de los seis países del Golfo (Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Arabia Saudí, Omán, Kuwait y Qatar) ha acogido a un solo refugiado. Ni siquiera en los momentos más dramáticos, como en el éxodo masivo de 2015, aceptaron recibir a los que huían de la guerra. El caso de Arabia Saudí es especialmente escandaloso. Por un lado, porque sobre Arabia, que acusa a Qatar de ello, recae una gran responsabilidad en la expansión del conflicto. Tal como se critica desde otros países de la zona, Arabia apoya a grupos terroristas que generan y alimentan la conflictividad de la región. Por otro lado, Arabia cuenta con infraestructuras magníficamente preparadas para acoger a los miles de peregrinos que cada año van a La Meca, que podrían servir para acoger, al menos provisionalmente, a los refugiados.

Contrariamente a la actitud cicatera de los ricos países árabes, la mayor parte de los alrededor de cinco millones de refugiados del conflicto sirio se concentra en los países vecinos: en Turquía, que está haciendo de cancerbero pagado de Europa, cerca de dos millones; en el Líbano, donde los más de un millón de refugiados constituyen más de un cuarto de su población; en Jordania, en la que hay cerca de 700.000 refugiados; e incluso en Irak. Los sirios, afganos o iraquíes, junto con otros desplazados forzosos –muchos sin estatuto de refugiados-, se hacinan en los campamentos en condiciones terribles. Sin entrar a analizarlas en profundidad, las actitudes de estos países son generosas, habida cuenta de los problemas a los que se enfrentan y del malestar provocado por la prolongación de la situación y las malas perspectivas de que ésta revierta.

Las razones por las que los países del Golfo no cumplen el deber moral y ético que invocan sólo de forma retórica son diversas. En primer lugar, ninguno de ellos ha firmado la Convención de Estatuto de los Refugiados de 1951 de Naciones Unidas que, a modo de marco legal, regula y define qué es un refugiado y que derechos tiene, lo que conlleva una mayor dificultad en los procedimientos de entrada. En términos generales, estos países sólo otorgan permisos de residencia vinculados a contratos de trabajo o al sistema Kefala, por el que el empleador se responsabiliza del extranjero que viene a trabajar. Recordemos que los ciudadanos de algunos de estos estados (EAU o Qatar) representan menos del 15% de la población total, siendo el resto trabajadores con un alto grado de temporalidad que garantiza la posición dominante de los nativos.

Los países del Golfo tienen sistemas sociales y políticos frágiles, además de muy controlados, por lo que la entrada de los refugiados es vista como un factor extraordinariamente desestabilizador. No sólo se trata de una cuestión de seguridad; para las monarquías del Golfo, los refugiados constituirían una fuente de conflictos y una amenaza para su estructura demográfica y su composición social. El miedo a las alteraciones en el difícil equilibrio de estos países es una de las causas principales de su renuencia a aceptar refugiados. Miedo a cambios en el equilibrio demográfico y social, pero también miedo a la amenaza política que supone la entrada de refugiados que antes de sufrir la guerra habían sufrido los procesos fallidos de la primavera árabe.

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