Mirando más allá de la violencia estadounidense y la dependencia de la AP.


Con retraso, el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, ha emitido una declaración de clara desconfianza en la diplomacia estadounidense hacia Palestina. "No confiamos en Estados Unidos y ustedes conocen nuestra posición. No nos fiamos de él, no contamos con él, y bajo ninguna circunstancia podemos aceptar que Estados Unidos sea la única parte en la resolución de un problema", dijo Abbas a los periodistas antes de reunirse con el presidente ruso Vladimir Putin en Kazajstán el pasado jueves.

A pesar de estar en deuda con la diplomacia de la comunidad internacional y, más recientemente, con las concesiones del ministro de Defensa israelí, Benny Gantz, que permiten a Abbas consolidar su dominio en Ramala, está claro que la AP no confía en Washington. Aunque la declaración de Abbas no refleja la realidad completa de la situación, en particular la dependencia de la AP de Estados Unidos para su propia supervivencia, su llamamiento a reducir el papel de Estados Unidos es significativo.

Esto llega en un momento en el que Rusia ha amenazado con cortar las relaciones diplomáticas con Israel si éste envía ayuda militar a Ucrania. Estados Unidos, por su parte, no ve con buenos ojos un papel secundario frente a Rusia, y Abbas afirma que Estados Unidos sólo puede formar parte de las negociaciones diplomáticas dentro del Cuarteto de Oriente Medio. La respuesta de Washington, irónica e hipócrita, fue reprender la amenaza de Putin por considerarla "muy alejada del tipo de socio internacional necesario para abordar de forma constructiva el conflicto israelí-palestino".

EE.UU. debería echar un vistazo a su propio historial mundial de intervenciones extranjeras bajo diversos disfraces "constructivos". Por ejemplo, ¿le suena a la Casa Blanca la Operación Cóndor en América Latina? Asimismo, ¿la destrucción de Libia bajo el paraguas de la OTAN, aunque fuera una intervención estadounidense planificada tras el 11-S? Ambas exponen la farsa del "compromiso" de Washington con los derechos humanos.

La administración del presidente Joe Biden es en realidad peor que sus predecesores en cuanto a su hipocresía. La victoria electoral de Biden no supuso ningún cambio real, aparte de ser una alternativa a Donald Trump, a cuya beligerancia se le puede reconocer al menos el mérito de exponer el doble rasero diplomático de Estados Unidos. Las concesiones abiertas de Trump a Israel, alarmantes por su rápida aprobación, fueron la culminación de décadas de diplomacia estadounidense encubierta.

La promesa de Biden de volver al paradigma de los dos Estados, por muy caduco que esté, ha sido especialmente problemática para los palestinos por ser sólo un barniz para adherirse a las políticas perjudiciales de Trump.

La decepción de Washington ante las palabras de Abbas es, sin duda, fingida, e ignora su propio y pésimo historial en lo que respecta a Palestina. ¿Cómo puede el envío de miles de millones de dólares en ayuda militar a Israel cada año conducir a la creación de un "Estado palestino independiente y viable"? ¿O cómo ayuda a la democracia y al mencionado Estado palestino el hecho de preservar la presidencia de Abbas -su mandato expiró en 2009- para evitar que una alternativa elegida democráticamente entre en la escena política de Palestina? Puede que la AP y Abbas desconfíen de Estados Unidos, pero ambos dependen de Washington para su supervivencia.

El compromiso de EE.UU. con los llamados Acuerdos de Abraham está ganando terreno a nivel internacional, eclipsando un paradigma caduco que Biden dice apoyar. Rusia está dentro del redil del consenso internacional respecto al compromiso de los dos Estados, incluso cuando está claro que la descolonización es esencial para las aspiraciones políticas del pueblo palestino. La AP se interpone en el camino de la descolonización al rogar a la comunidad internacional que mantenga viva la "solución" de los dos Estados.

No se puede tomar en serio a Abbas en nada de lo que dice o hace; su liderazgo está ligado a los donantes internacionales y a la expansión colonial de Israel. No obstante, la mera posibilidad de que Estados Unidos pierda su protagonismo en lo que respecta a la implicación con Palestina merece ganar tracción, especialmente si Al Fatah pierde su férreo control sobre la política palestina y el pueblo de la Palestina ocupada tiene la oportunidad de experimentar un gobierno elegido democráticamente que se nutra menos de la hipérbole y más de la propia narrativa de los palestinos.

Leave a Reply

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.